El papel por el que Susan fue más reconocida fue el de "Wasp Woman, Janice Starlin", la presidenta de una corporación de cosméticos que experimentaba con un suero de juventud elaborado con extracto de avispas, el cual demostraba tener efectos secundarios mortales, similares a las inyecciones experimentales que contribuyeron a su propia muerte en 1986 a manos de su hijo, Tim. Susan fue esencialmente juzgada y condenada por su propio asesinato debido a la narrativa de la madre sobreprotectora difundida por el equipo de abogados defensores de Tim y los medios de comunicación.
Esta biografía amplía la narrativa de Susan Cabot al detallar su legado desde una perspectiva novedosa, más allá de los detalles de sus últimos años y su brutal asesinato.
Nacida como Harriet Shapiro en Lower East Side de Nueva York, descendía de una familia judía azotada por la pobreza y el abandono paternal. El cine la tentó como una vía de escape tan vertiginosa como ilusoria. Tenía solo diecisiete años cuando Universal Pictures la fichó para papeles secundarios. Su belleza atípica —ojos enormes y clavículas marcadas— no se correspondía con los cánones de la época, pero le regaló papeles memorables en películas como “The Viking Women and the Sea Serpent”.
El ascenso terminó siendo su condena. La industria le lanzó promesas de gloria, pero pronto la encasilló en producciones menores. Las revistas la olvidaron y los agentes dejaron de llamarla. Hollywood la exilió a los márgenes de sus producciones. Solo entonces, en los pasillos de un hotel de lujo, apareció Hussein I.
Las primeras visitas de Hussein fueron discretas, camufladas entre excusas diplomáticas. Los rumores, sin embargo, circulaban por los reservados clubes del Upper East Side. Era el tiempo de la Guerra Fría, y la CIA vigilaba los pasos de ambos. Un romance entre un rey de Oriente Medio y una artista estadounidense activa en círculos progresistas era suficiente para encender alarmas.
El clima de paranoia crecía. “Pensé que podrían matarme o hacerme desaparecer”, confesó Susan a una periodista, un año antes de morir. “Nadie sabe los riesgos de estar enamorada de un rey cuando no eres digna para su linaje”, dejó escrito en un diario privado.
La historia de Timothy es quizá la más trágica de todas. Criado en la incertidumbre, sobreprotegido y a la vez solo, padeció el estigma de no pertenecer. La identidad de su padre era un secreto a voces, negado por la familia real jordana y nunca confirmado oficialmente por el gobierno de ese país.
Cuando la policía investigó las pertenencias de la difunta actriz, halló cartas en árabe, fotos quemadas y una cadena de oro con el emblema de la familia real de Jordania. No hubo comunicados, ni funerales públicos ni mensajes de pésame del otro lado del Atlántico. Sobre la tumba de Susan Cabot solo reposan dos nombres borrados y la memoria de una vida arrasada.
En la corte, llegaron las confesiones. “Nunca quise lastimar a mi madre, nunca quise matarla”, repitió una y otra vez —voz baja, los ojos anegados— en un testimonio que heló la sala. El jurado decidió no considerarlo un asesino: fue sentenciado solo por homicidio involuntario y salió en libertad bajo fianza.
Los periodistas de Vanity Fair y Los Angeles Times especularon sobre llamadas a puertas cerradas en embajadas, sobre arreglos diplomáticos y transferencias discretas de fondos. La CIA jamás se pronunció sobre el caso.
