sábado, 13 de diciembre de 2025

LAS HIJAS DEL VOLCÁN

Publicado por Lucky en 17:30 0 comentarios

CADA MITO, CADA HISTORIA, TIENE AL MENOS DOS VERSIONES… DEPENDIENDO DE QUIÉN CUENTA LA HISTORIA Y DE QUIÉN LA ESCUCHA.

Una original y arrolladora novela sobre dos hermanas que escapan de un genocidio, y el viaje que las lleva de Hollywood a París, y hasta el Cannery Row de California, perseguidas por los fantasmas de sus amigos asesinados, que no han acabado de contar sus historias.

El Salvador, 1923. Graciela, la segunda hija de Socorrito, una campesina oriunda de los cafetales de Izalco, vive en las faldas del volcán hasta que recibe un mensaje de la capital, donde es reclamada por el Gran Pendejo, el dictador que gobierna las mareas, les dice a los volcanes cuándo hacer erupción y le da forma a la luna. Ahí conoce a Consuelo, su hermana que fue raptada antes de que ella naciera. Ambas pasan años bajo la cruel sombra del sátrapa convertidas en sus oráculos. Pero cuando este ordena el genocidio de su comunidad, las hermanas no soportan el horror y escapan por separado, creyendo cada una que la otra ha muerto. Su huida las llevará por el mundo, a reinventarse con la esperanza de, quizá, reencontrarse algún día…

Las hijas del volcán están muertas, son fantasmas, lo cual es ciertamente un golpe bajo para el lector, que ya antes de comenzar parecería estar atraído por ellas, en una relación magmática… y es que Graciela, la protagonista, narra su devenir y el de cuatro cipotas —un término autóctono salvadoreño para referirse a un niño/a o muchacho/a— en un pueblo junto a la montaña que ha sobrevivido a terremotos y deslaves, incluso, a la erupción del volcán Izalco, es un tiempo de catástrofes naturales que es necesario reproducir para explicar una masacre: “Ya ves que, antes de la masacre que nos asesinó, vivimos. (…) En el pueblo junto a la montaña, donde todas morimos”. 

Así, Las hijas del volcán intervienen en la novela de forma dialógica y espacial no sólo como narradoras por separado, sino también como quienes juzgan la escena, debaten y contraponen posturas como un coro de una tragedia griega, que representa la voz de un pueblo que se alza desde las cenizas del volcán.

Las hijas del volcán comienza en El Salvador en 1923 con Graciela, la segunda hija de Socorrito, una campesina oriunda de los cafetales de Izalco, que vive en las faldas del volcán hasta que recibe un mensaje proveniente de la capital, donde es reclamada por El Gran Pendejo, un dictador, que se dice que gobierna las mareas, le dice a los volcanes cuándo hacer erupción y le da forma a la luna, pero que, más allá de toda esa magia, es también “El General, descendiente de los volcanes, que en 1932 asesina a treinta y dos mil personas negras e indígenas”. Ahí conoce a Consuelo, su hermana que fue raptada y llevada a la ciudad antes de que ella naciera: “… cuando Consuelo cumplió cuatro años, un hombre, un matón de la capital, llegó al pueblo y la arrebató de los brazos de Socorrito, después de dejarla inconsciente de un golpe”.

Ambas pasan años bajo la sombra del Gran Pendejo como sus oráculos, quizás allí haya un guiño irónico de Balibrera al carácter mesiánico y trascendental de ciertos líderes autoritarios, cuando luego efectivamente el dictador llevaba a cabo “… sesiones espiritistas y buscaba el consejo de una indita brujita”, porque “no importaba si su magia era falsa: lo importante era que podía obligar a otros a creer en ella”. Pero cuando éste ordena matar a su comunidad las hermanas deciden escapar, y así, en la huida terminan separándose y vagando por el mundo, entre Hollywood y París y Cannery Row de San Francisco, con la esperanza de, quizás, reencontrarse algún día. En efecto, siempre, aún en el exilio, las voces de las cuatro amigas cipotas serán los fantasmas que llevarán a cuestas para recordarles qué o a quiénes no deben dejar en el olvido.

Y así, la novela gira en torno a una pregunta de Graciela: “¿Pero adónde podíamos ir las hijas del volcán?”, una vez que se ha perpetrado y lesionado lo más preciado de la condición humana. Así, Balibrera recupera el etnocidio en El Salvador, conocido como La matanza de 1932, una insurrección campesina-indígena contra los terratenientes y la guardia civil, que dio paso a un proceso sistemático de exterminio de la comunidad nahua al occidente del país, por parte del Estado salvadoreño, que provocó la extinción de la etnia y con ella de su lengua —y quizás allí está el gesto de Balibrera de resaltar con itálicas ciertas palabras—. Este suceso fue el prólogo de una dictadura y del comienzo de regímenes militares salvadoreños: “¿Adónde? ¿De vuelta al volcán? ¿Hacia nosotras? ¿A otra parte? ¿Los Yunais? ¿La Ciudad de México? ¿París, Francia? En cualquier caso, para 1932, las demás cipotas ya estaríamos muertas”.

En Las hijas del volcán, entonces,sólo la leyenda, y esa magia que la sobreviene, podrán revivir lo que la memoria y la historia han borrado del mapa:


… tuvo lugar una batalla feroz por el orden y la estabilidad, una batalla que dependió de la magia. Y en ese lugar la magia adoptaba muchas formas: palabras que se hacían ley, la voz de los muertos canalizada a través de una niña, una pintura que trazaba el destino de la piel, un ferrocarril que cruzaba naciones sobre un viejo camino real, un océano de lágrimas antiguas, y la tierra verde y fértil, nutrida por la roca ígnea.


La novela traza un recorrido dicotómico geográfico y político entre la oligarquía y el campesino/indígena; entre la civilización y la barbarie; entre la ciudad y el campo; entre la servidumbre y la libertad y ciudadanía. Por eso es importante de nuevo observar que Balibrera parte de 1923 y la independencia de El Salvador se declara el 15 de septiembre de 1921, es decir, todo aquello que se había asentado por escrito en papel aseguraba la emancipación, pero de forma contraria, en el interior del territorio las diferencias entre las clases sociales y étnicas se desbordaban, particularmente, entre una élite a cargo del cultivo de café y los indígenas que vivían atados a las fincas fértiles donde se cosechaba esta planta bajo la forma del colonato:

 “El colonato, que nos mantenía atadas a la finca, donde trabajaríamos hasta nuestras muertes”. A inicios de la década de 1880, Rafael Zaldívar implementó leyes que buscaban extinguir a estas comunidades y a los ejidos, un sistema de producción del suelo, que era la base económica de los pueblos indígenas pues como se narra en la novela “… antes del Gran Pendejo, antes del café, antes de que nuestras bisabuelas perdieran la razón, teníamos ejidos, nuestras propias tierras, tierras en las que plantábamos lo que queríamos y que poseíamos en común. Cosechábamos lo que necesitábamos para comer”. Así, los que antes fueron dueños de esas tierras se convirtieron en mano de obra barata para los cafetales de la oligarquía, pues: “Arrancaron nuestros árboles frutales, destruyeron y quemaron las raíces, igual que hicieron con la milpa de maíz. Una mano invisible redibujó las líneas que circundaban nuestras granjas, hasta que de pronto ya nada nos pertenecía”.

Y así como, a partir de donde el relato parece rastrear los inicios del linaje de mujeres, las bisabuelas de Las hijas del volcán “… trabajaban el añil y se ataban a las ceibas para tejer historias”, es importante mencionar que la ceiba era un árbol sagrado para los mayas, que también habitaron el occidente de El Salvador, esta planta era el árbol de la vida. Gina María Balibrera teje una historia plural desde la polifonía de voces que la construyen con la minuciosidad y la sutileza necesarias y sin eufemismos complacientes, para restaurar la memoria de una comunidad a la que su verdad histórica —por demás femenina— le fue arrebatada por las armas.

COMO MANDAR A LA MIERDA DE DORMA EDUCADA

Publicado por Lucky en 17:00 0 comentarios

Un manual práctico y directo sobre la importancia de decir «no» con asertividad.

¿Por qué nos cuesta tanto poner límites? El miedo a perder el trabajo, la idea del amor romántico o el temor a ser excluidos de nuestro círculo social son algunas de las razones. 

Por ello nos cuesta tanto hacerlo y, cuando nos decidimos, sentimos culpa e incluso ansiedad. Lo cierto es que poner límites en las relaciones es tan necesario como ponerlos en una carretera: evita accidentes. Lo importante es saber cómo comunicar esos límites porque eso es lo que nos ayudará a mejorar nuestra relación con los demás y con nosotros mismos.

En este libro, la psicóloga y neurocientífica Alba Cardalda nos enseña a decir «basta» con asertividad y empatía para conseguir relaciones más plenas y honestas, que nos harán sentir más respetados, amados y, sobre todo, libres de ser quienes realmente somos.

Todos tenemos amigos, familiares o compañeros de trabajo a los que mandaríamos a la m*erda muy a menudo. Pero no podemos hacerlo por las consecuencias que esto supondría…

Sin embargo, gracias a Alba Cardalda y su libro Cómo mandar a la m*erda de forma educada, aprenderás trucos y alternativas para hacerlo con asertividad y educadamente.

Por ejemplo, cuando te digan algo grosero, o con una segunda intención, aquí va un consejo. Deja un espacio de un segundo de silencio y contesta en tono calmado y mirando a los ojos cualquiera de estas opciones:

1. "Muy interesante tu observación".

2. "Muchas gracias por tu opinión, pero no creo que sea muy apropiado darla si no te la piden".

3. "La verdad es que no agradezco lo que acabas de decir".

4. "¿Podrías decir lo mismo, pero de una forma más constructiva?".

Estos, y muchos más trucos, los encontrarás en este libro. No te quedes con las ganas y mándal@ a la m*erda.

 

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