viernes, 25 de enero de 2013

HOLLYWOOD BABILONIA

Publicado por Lucky en 14:37 0 comentarios
¡Bienvenidos sean a Hollywood! ¡Al auténtico! ¡Al verdadero! ¡Al único! Nunca hasta ahora se había exhibido con tal crudeza la realidad que oculta la espejeante fachada de esta fábrica de sueños. 

Gracias a la audacia del cineasta Kenneth Anger, este libro nos llevará de paseo por el «Bulevar de los Sueños Truncados», donde se dan cita diosas del sexo, starlets, ídolos de matinés, magnates de la mafia y otras aristocracias, protagonistas todos ellos de escándalos que, por más de ocho décadas, vienen estremeciendo al mundo entero:

Por ejemplo, la turbia muerte del drogadicto Wallace Reid, la ninfomanía de Clara Bow, la bisexualidad de la Dietrich, el asesinato del amante de Lana Turner cometido por la hija de ésta, las extrañas orgías de von Stroheim, las locuras amorosas de Valentino... 

Publicado por primera vez en Francia, en 1959. Hollywood Babilonia, con su azarosa historia de prohibiciones y piratería, ha pasado finalmente a ser hoy un libro casi legendario.

Hollywood es para muchos un sinónimo de glamour y magia. Sin embargo, tras su fachada de resplandor fulgurante siempre han subyacido numerosas historias de excesos, sueños rotos y otra suerte de escándalos. Son varios los autores que, con mayor y menor acierto, han vertido ríos de tinta con el objeto de mostrar al público la cara oscura de la meca del cine. Algunos, como es el caso de James Ellroy, han optado por la ficción narrativa –con un poso de realidad- para relatar truculentos episodios acontecidos a la sombra de los focos. Otros en cambio, han optado por publicar compendios de relatos con un cierto tufo a amarillismo y que, cada cierto tiempo, llegan a las librerías ofreciendo nuevos datos sobre la vida íntima de las grandes estrellas del celuloide. 

Kenneth Anger, actor, escritor e influyente director del cine underground norteamericano fue el primero en recoger en un libro los trapos sucios de Tinseltown, como él se refiere a Hollywood. Coleccionista infatigable y provisto de un punzante humor negro, publicó dos volúmenes bajo el título de «Hollywood Babilonia» (Tusquets Editores), hoy en día convertidos en obras de culto a pesar de que entre sus páginas se cuenta más de un gazapo.

La obra fue originalmente publicada en Francia en 1959 por el editor J. J. Pauvert, conocido por publicar la obra del Marqués de Sade o de Henry David Thoreau, entre otros autores. «Hollywood Babilonia» fue publicado por primera vez en los Estados Unidos de un modo parcial. El libro completo llegaría a la tiendas norteamericanas en 1975 de la mano de la editorial de la revista Rolling Stone. Nueve años después, Anger publicó una secuela de su obra bajo el título «Hollywood Babilonia II». En ella hace referencia a sórdidos pasajes de las vidas de una variopinta cohorte de personajes vinculados al cine entre los años veinte y los setenta.

En «Hollywood Babilonia» se pone de manifiesto la independencia y el carácter rebelde de Anger. Y es que, las controvertidas historias que narra, no sólo le granjearon la enemistad de la industria del cine, sino que también han sido fruto de numerosos enfrentamientos con los allegados a los protagonistas de sus dos libros. Cabe señalar que su estilo es cuando menos poco ortodoxo. No en vano, su obra carece de citas y ni siquiera hace mención a las fuentes. El autor recurre a su vasta colección de material gráfico así como a otras personas e instituciones que, en su momento, no dudaron a la hora de abrirle las puertas de sus archivos. Asimismo, basa sus escritos en los cotilleos que llegaron a sus oídos, chismorreos estos que en unas ocasiones son fiables y en otras meras leyendas urbanas.

A pesar de todo, Anger critica con saña las malas artes de la prensa amarillista y se refiere en varias ocasiones al magnate del bulo por excelencia, William Randolph Hearst, y a su diario, Los Angeles Examiner, el cual atendiendo a sus intereses y a los de sus acólitos no dudó en más de una ocasión en precipitar al abismo más de una carrera en el cine. La vida del ambicioso y embustero Hearst sería llevada a la gran pantalla –muy a su pesar- por el genial Orson Welles en su obra cumbre, «Ciudadano Kane» (Citizen Kane, 1941).

De todos modos, Anger sigue a la zaga de Hearst en lo que a mala baba respecta. Las páginas de «Hollywood Babilonia» contienen pasajes tan sórdidos como el escándalo de Fatty Arbuckle, en el que el cómico mejor pagado de la Paramount fue acusado de violar y provocar la muerte a la actriz Virginia Rappe. Asimismo, también se detiene a describir los asesinatos de William Desmond Taylor, de Tate-LaBianca o el de la joven aspirante a actriz Elizabeth Short, La Dalia Negra, cuyo escalofriante crimen -acontecido en 1947- aún sigue sin resolverse.

«Hollywood Babilonia» se sumerge en los mentideros de la industria del cine y airea un compendio de trapos sucios que van desde conspiraciones como la urdida por Joe Kennedy para derrocar al multimillonario propietario de las salas de cine Pantages hasta los vínculos de la mafia con los sindicatos de proyectores pasando por las salvajes fiestas de Lionel Atwill o Errol Flynn así como los excesos de Clara Bow. Por otra parte, Bab2Anger hace un especial hincapié en la condición sexual de intérpretes como Rodolfo Valentino, Alla Nazimova o William Haines, cuya carrera como actor se vino abajo después de que la Metro Goldwyn Mayer decidiese prescindir de sus servicios tras hacerse pública su homosexualidad.

En los libros de Anger abundan las historias de ídolos de barro. Actores de la época silente que fueron incapaces de adaptarse al cine sonoro, juguetes rotos como el actor infantil Bobby Driscoll –Jim en la versión de «La isla del tesoro» estrenada por Walt Disney en 1950- o vidas en el filo de la navaja, como es el caso de James Dean, muerto en accidente de tráfico en 1955 tras estrellarse con su Porsche 550 Spyder «Pequeño Bastardo». «Hollywood Babilonia» recoge los tristes finales de estrellas como Pier Angeli, el director James Whale, Marilyn Monroe, Jean Seberg –quien optó por quitarse la vida como fruto del acoso al que supuestamente había sido sometida por el FBI por su vinculación a las Panteras Negras– o la actriz mexicana Lupe Vélez, quien ingirió decenas de pastillas de Seconal tras organizar previamente una cuidada escenografía del que sería su lecho de muerte. Mientras que Anger afirma que Vélez fue hallada en su baño tras ahogarse en su vómito, recientes fotografías desclasificadas han permitido comprobar que la vida de la intérprete –que había sido pareja entre otros de Johnny Weissmuller– se apagó mientras ésta dormía acostada luciendo sus mejores galas y cubierta de flores.

Historias de adicciones, depresiones, crímenes, líos de faldas y detenciones son acompañadas por una cuidada selección de fotos que van desde lo morboso –como la escena del accidente de tráfico en el que perdió la vida la voluptuosa Jayne Mansfield– hasta lo irónico. Anger se alza como el azote de un Hollywood en apariencia invisible. Su obra literaria ha sido extensamente criticada, lo cual ha ejercido un efecto llamada entre los lectores. 

GUARDIANAS NAZIS

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El nazismo postuló que todos aquellos que no fueran arios no eran humanos y por tanto serían tratados como animales. Si era ético experimentar con perros, gatos y ratones, ¿qué problema habría en hacerlo con judíos, polacos, gitanos u homosexuales? 

La respuesta la encontramos en los campos de concentración nazis donde cientos de fieles guardianas, con la sangre “limpia” y libres de intoxicaciones, se convirtieron en las torturadoras y asesinas más despiadadas de la Segunda Guerra Mundial. 


No son tan famosas como los Hitler, Himmler, Goebbels o Mengele pero la Historia más siniestra de la Humanidad tiene su hueco para estas auténticas arpías, las caras inhumanas que tantas víctimas dejaron tras de sí. Como el caso de Hermine Braunsteiner, “La Yegua de Majdanek”, que disfrutaba propinando severas coces en el estómago de sus confinadas. O Irma Grese, el “Ángel de Auschwitz”, cuyo pasatiempo favorito era echar a sus perros para que devoraran a las prisioneras. 

A lo largo de este libro, la autora recoge la biografía de un total de 19 mujeres que participaron activamente en la maquinaria bélica del Nacionalsocialismo y que sucumbieron ante el poder, la sangre y la muerte. ¿Tuvieron otra salida? Sí. No obstante, optaron por tomar las riendas, acatar órdenes y aliñar sus actuaciones con fuertes dosis de vejación, maltrato y sadismo.

ESTOY VIVA

Publicado por Lucky en 13:23 0 comentarios
Este libro presenta por primera vez y en exclusiva un testimonio inédito y conmovedor escrito por la hija primogénita del zar Nicolás II de Rusia: Olga Nicolaievna. Porque Olga no fue asesinada con el resto de su familia, como oficialmente se hizo creer, en la madrugada del 17 de julio de 1918 durante la revolución bolchevique. Esta teoría fue una gran mentira mantenida durante años por un pacto de silencio tácito entre el Vaticano, varios poderosos gobiernos y algunas de las grandes casas reales europeas. Estoy viva es una mirada íntima y apasionada que desvela, por fin, toda la verdad. 

Acompañaremos a Olga a lo largo de sus recuerdos: desde su más tierna infancia por los lugares más recónditos de palacio, pasando por la rebelión que supuso la caída en desgracia de los Romanov, los meses de cautiverio a los que se vieron sometidos, detalles únicos y desconocidos sobre la noche de la controvertida masacre, hasta su vida secreta en Alemania protegida por el káiser Guillermo II, o su incesante huida durante el resto de su vida bajo el nombre falso de Marga Boodts.


Un relato desgarrador y único que permaneció oculto bajo llave durante más de cincuenta años en manos de Maria Grazia Annoni, heredera del legado de la Gran Duquesa, y que por fin ve la luz. Un documento que pone punto final a las innumerables incógnitas que han pesado durante generaciones sobre la última dinastía rusa, los Romanov. 


Un grito de orgullo y valor de una mujer cuyo único deseo fue ser reconocida y respetada por lo que en verdad fue: la gran duquesa rusa Olga Nicolaievna. 

EL NAZI PERFECTO

Publicado por Lucky en 12:51 0 comentarios
Todas las familias tienen sus secretos, y su novela. Y cuando empezamos a rastrear nuestros orígenes, esperamos encontrar héroes, aventureros, personajes que podríamos admirar, de los que heredar el valor, la osadía, la nobleza. 

¿Pero qué sucede cuando, investigando a un abuelo encantador aunque sospechoso, y a quien protege toda la familia, el detective se encuentra con una ilustración del mal o, más exactamente, de la banalidad del mal? Durante más de cincuenta años, la familia de este nazi perfecto había conseguido guardar el secreto, hasta el día en que Martin Davidson, su nieto escocés, decidió enfrentarse a la verdad. 

Y se dedicó a investigar quién y qué había sido realmente su abuelo materno, un joven dentista de Berlín que a los diecinueve años ya era un nazi ferviente y militante, y se afilió al partido tan pronto como lo legalizaron, siete años antes de que Hitler llegara al poder. 

Davidson (n. 1960, Edimburgo), licenciado por la Universidad de Oxford, es un documentalista y productor de televisión especializado en temas históricos y culturales, actualmente encargado de la sección de Historia de la BBC. A su haber tiene la dirección de documentales sobre Albert Speer y Leni Riefenstahl, entre otros. Su madre, de nacionalidad alemana, emigró al Reino Unido en los años 50 y contrajo matrimonio con un escocés. Dado el contexto, no extraña que los dos hijos del matrimonio, Vanessa y Martin, se preguntasen por lo que había hecho su abuelo materno durante la Segunda Guerra Mundial. La cuestión, todo un tabú familiar, solo pudo ser dilucidada tras la muerte de Langbehn, acaecida en 1992. Cuán desagradable sería para los hermanos ver confirmadas sus peores sospechas: su abuelo no fue un combatiente común de la Wehrmacht, fue un nazi convencido y comprometido, militante desde edad tan temprana como los 19 años, el que desde 1926 y hasta la caída del Tercer Reich consumó una carrera ininterrumpida en las filas del partido. De camorrista callejero a agente de la policía secreta y guerrero racial, la de Bruno Langbehn fue una trayectoria similar a la de muchos “viejos luchadores” que conformaron el cuerpo funcionarial del régimen nazi. Vanessa y Martin Davidson se dieron a la tarea de investigar el pasado de su abuelo; consultando documentos, entrevistando a supervivientes de la época, atando cabos sueltos, conjeturando sobre bases verídicas, apoyándose -en fin- en la bibliografía disponible, tanto académica como testimonial, el fruto de sus indagaciones es la trayectoria de un arquetipo de nazi, un nazi perfecto, como tal plasmada en el libro de Mr. Davidson.

Entregado en cuerpo y alma a la causa de Hitler, al tiempo que se formaba como dentista, Bruno Langbehn fue del número de los alborotadores callejeros en los días convulsos de la República de Weimar, miembro de una unidad berlinesa de las SA denominada Sturm 33, célebre por su salvaje aplicación a la hora de apalear y asesinar antagonistas: comunistas, socialdemócratas, judíos. (Como refiere el propio Davidson, el abogado Hans Litten se vio las caras con miembros de esta unidad en un bullado proceso criminal que involucró al mismísimo Hitler.) Destinado a la medianía por sus escasas dotes personales, no dudó empero en incorporarse a las SS, en las que alcanzó el grado equivalente al de capitán. Langbehn se  desempeñó como funcionario del organismo más temible de todos: el SD, servicio de inteligencia y seguridad de las SS dirigido por Reinhard Heydrich y que llevó la delantera en la organización de las actividades genocidas del Tercer Reich. Los Einsatzgruppen, la Operación T4 (asesinato de minusválidos físicos y mentales), la Operación Reinhard, la logística de los campos de concentración y de exterminio: todos llevaron la marca del SD. También fue el organismo que, en colaboración -y sempiterna rivalidad- con la Gestapo, se encargó de permear los intersticios de la sociedad alemana a la caza de eventuales opositores al régimen, erigiéndose en la versión nazi de policía totalitaria del pensamiento.

El interés mayor del libro reside en que contribuye a esclarecer el ambiente moral y social en que se gestó el nazismo desde una perspectiva, por así decir, minimalista. Más allá de cualquier consideración relativa a los grandes factores históricos, caldo de cultivo del fenómeno en cuestión, el énfasis está puesto en lo que debía pensar y sentir un individuo ordinario en aquellos años cruciales, alguien que por su fecha de nacimiento (año de 1906) no pudo participar en lo que sus compatriotas consideraban una gesta nacional, la Primera Guerra Mundial. Un individuo que, a partir de esta contingencia, se sumió de lleno en la marea de frustración y resentimiento que inundó Alemania después de 1918, asimilando la deplorable mitología que tergiversó la verdad sobre la derrota alemana, dejándose imbuir de un clima ideológico que alentaba el culto a la violencia, el ansia nacionalista de revancha, la exacerbación de las virtudes marciales, el antisemitismo y el odio a la democracia y el liberalismo. Por descontado que las pesquisas realizadas por los hermanos Davidson enfrentaron las reticencias de sus parientes alemanes, como de muchos de quienes podían proporcionarles información en un país que comenzaba a superar el proceso de encubrimiento y negación en torno al traumático pasado nazi; un proceso tan celosamente ejecutado que resultaba ser una genuina conspiración del silencio. (Lejos, en todo caso, estaban los días en que, cuando el juicio a Adolf Eichmann, los sentimientos de los alemanes fluctuaban entre el hastío y la indiferencia.)

Como tantos, Langbehn fue un caso de asimilación perfecta en la sociedad alemana de posguerra, aunque apenas puede decirse que hubiera sido un desadaptado o un marginal; no después de 1933, cuando lo nazi dejaba de ser una anomalía para convertirse en normalidad, y Langbehn se situaba -gracias a una mezcla de ambición e inquebrantable convicción ideológica- en su centro mismo. Si algo ha motivado las indagaciones de sus nietos es precisamente el abismo de incomprensión que parece abrirse ante nuestros pies cuando constatamos la enormidad de semejante extravío, peor si involucra a un antepasado: que lo nazi pudiese devenir paradigma de normalidad; que alguien tan cercano, persona por demás muy corriente –no un pervertido, no un sádico-, colaborase en la más que dudosa tarea de consolidar la supremacía de la cosmovisión nazi. Este espectáculo de ruina moral de una sociedad fue lo que inspiró en la pensadora Hannah Arendt la idea de que «la conciencia, en cuanto tal, se había perdido en Alemania, y esto fue así hasta el punto de que los alemanes apenas recordaban lo que la conciencia era, y habían dejado de darse cuenta de que “el nuevo conjunto de valores alemanes” carecía de valor en el resto del mundo» (v. Eichmann en Jerusalén).

Davidson tiene muy en cuenta, entre otras cosas, el influjo que pueden ejercer los mandarines culturales, escritores de aquellos que no solo reflejan la atmósfera espiritual de su tiempo sino que contribuyen a moldearla. Es el caso señero de Ernst Jünger. De modo sintomático a la vez que revelador, Davidson recibió de manos de su abuelo un ejemplar de Tempestades de acero, novela que a éste lo había subyugado en la adolescencia. Jünger, sí, el literato que idealizó la guerra moderna como experiencia formadora, como crisol de un “hombre nuevo” y de una “sociedad regenerada”; el escritor que con su áspero imaginario bélico fomentó -en medida acaso inigualada por sus contemporáneos- el fetichismo militarista y vindicativo de la Alemania de entreguerras, cautivando a tantos de aquellos espíritus frustrados que se dejaron seducir por la agresiva retórica nazi. ¡Qué contraste tan penoso el de este hombre con uno como Erich Maria Remarque, denodado pacifista, o con los memorialistas británicos que expusieron su rechazo de la guerra! La de Jünger fue una pasión infame que lo aleja por completo de coetáneos como Wilfred Owen y Robert Graves, aludidos por Davidson. «Ellos –afirma nuestro autor- son compasivos y Jünger es despiadado; en ellos hay elegía, en él éxtasis; en él hay hierro y acero en lugar de carne y sangre; en lugar de los muertos, cuyo recuerdo persigue y escarmienta, para Jünger están los caídos cuyo sacrificio consumará algún día la venganza; en vez de barro y ratas hay tierra que la sangre hace sagrada. El Jünger soldado de asalto nunca se siente más vivo que cuando está rodeado de los hombres que acaba de matar. Pero las intensas evocaciones del combate se convierten en algo más funesto: en una celebración de la propia guerra».

El autor no ha hallado pruebas de que su antepasado tuviese ingerencia directa en el Holocausto y otras de las peores atrocidades perpetradas por el Tercer Reich, pero esto apenas le sirve de consuelo; como no le consuela demasiado el manido pretexto de las circunstancias (“aquellos eran otros días”, “los que regían eran otros parámetros”, “nos limitábamos a obedecer órdenes”, etc.). Todo sugiere que Langbehn estaba secretamente orgulloso de su pasado nazi, como si hubiese sido partícipe de algo grande y honroso (pretexto característico suyo era el de “Lo único que queríamos era un imperio como el de vuestro Churchill”). No le queda a uno más remedio que solidarizar con la desolación -y la repugnancia- que han debido experimentar los hermanos Davidson al progresar en sus indagaciones, y, de paso, persistir en el estupor que provoca el nivel de adhesión que pudo granjearse un movimiento como el nazi. Por más que en la actualidad nos beneficiemos de las ventajas de la mirada retrospectiva sobre hechos consumados, por más que nuestros tiempos y nuestros apremios sean otros, nada atenúa el horror que nos embarga ante tamaña aberración histórica: el auge de lo que abiertamente se proclamaba como una negación radical de todo lo que  podemos considerar amable y valioso en la condición humana. A manera de colofón, valgan las palabras del autor:

«La abominación capital del nazismo no era sólo su militarismo o su ansia bélica, sino su insistencia en que los valores que situaban lo humano en el centro eran débiles, corruptores e insignificantes. Había que degradarlo todo a favor del Volk, que, aunque compuesto de seres humanos, no le debía nada a la idea de humanidad. La visión del mundo nazi utilizaba la biología para socavar la propia vida. Utilizaba la racionalidad para avalar lo irracional. Y convertía las matanzas no sólo en la única consecuencia de todos sus criterios, sino en su validación definitiva. Nuestro abuelo pasó veinticinco años de su vida subyugado por esas ideas, convencido de su verdad absoluta» (p. 320; cursivas en el original).
 

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