Este es un recorrido epistolar por la vida de la actriz francesa, en el que la autora dialoga y se aproxima a un personaje excéntrico que cambió la historia del teatro francés y universal. Ahora que se celebra el centenario del fallecimiento de Bernhardt y que en París se han estado desarrollando diferentes actividades que conmemoran la vida y obra de Bernhardt, no deja de ser importante volver a ella, o más bien a ellas, también a Sagan. O simplemente volver a vos.
Ni Sarah Bernhardt ni Françoise Sagan estuvieron lejos como referencias en los años de la adolescencia. La primera gracias a un cartel enmarcado que diseñó Alphonse Mucha para Hamlet que tenía de protagonista a la actriz, y la segunda a través de su obra, que brillaba por sí sola en su famosísima novela Bonjour Tristesse. Ambas estaban, tal vez se guiñaban un ojo en silencio en la alta noche en esa casa de Sopocachi, y nos esperaban a la mañana siguiente como si nada hubiera pasado, y en verdad todo estaba pasando. Después vinieron las películas y el cine, Sagan como parte (algunos dicen) de la Nouvelle Vague, con sus guiones llevados a la pantalla grande, y otra vez ese Buenos días tristeza que dirigió Otto Preminger en 1958. Así se va haciendo la vida y todas estas cositas chicas encuentran su lugar con vos, como si todo lo que hubiera vivido tuviera sentido sólo por vos. En este ahora. Pero antes estuvo el teatro, y ese Teatro Municipal de aquí y todo lo que después viste conmigo, en el sitio, pero también en las palabras, de una de esas primeras veces. Ahí donde te vimos y te nombraste con tu segundo nombre que no conocía.
Lo que Sagan hace es un ejercicio creativo bastante acertado en sus formas de “hacer” una vida. Querida Sarah Bernhardt construye al personaje desde su propio relato creando una voz propia la cual no se confunde con la de quien pregunta y atiza los recuerdos. Ese fuego surgido del intercambio epistolar provoca a la memoria, propia y ajena, ocupar ese mismo sitio con cualquier otra persona. ¿Qué hay en ese ir y venir de correos? Aquellos que durante años han estado haciendo un espacio (un lugar común) en el que mediante las reciprocidades se construyen lugares a los que volver y otros por descubrir. Muchas cartas se quedan sin respuestas, y otras tantas persiguen una sucesión de hechos, de las más diversas categorías, algunos muy íntimos, algunos que solamente pueden existir cuando se los escribe, porque en el habla también se pierde y se contamina un relato. (H)ay tanto…
Esto es lo importante, parece haber un principio y un final, y en realidad hay mucho de ambos, porque el relato se quiebra, y se insiste en preguntar, y a veces las preguntas no alcanzan y más bien son las respuestas las que provocan otras historias, algunas que no llegarán jamás a las cartas y que se quedarán para ser descubiertos en un posible después. Eso tienen estas correspondencias. “Querida Sarah Bernhardt: Le pido disculpas por interrumpirla, pero me parece que está acelerando terriblemente su relato… ¿Qué le pasa? O mejor dicho, ¿qué le pasó en esa época?”.
Una de las exposiciones montadas en París para conmemorar este centenario recupera a Sarah Bernhardt más allá de su propio mito. La mujer que dormía en un ataúd, la que tenía un murciélago en su sombrero, la que sufrió el fallecimiento de uno de sus gatos por intoxicación alcohólica a causa del champagne. La mujer que revolucionó la actuación y que hizo de su vida un espectáculo. Y en esa exposición se pueden observar las piezas de escultura que hizo, sus cuadros, algunos de los gestos suyos por hacer el arte, y serlo también.