El destino de las dos niñas estará irremediablemente unido. Linjing, presa de los celos y de la envidia, se asegurará de que Pequeña Flor nunca pueda regresar con los suyos. Hasta que el escándalo golpea a la familia Fong y las vidas de las dos niñas se ven inesperadamente sumidas en el caos.
El libro es hermoso. Me fascinó la manera en que la autora describe las costumbres, incluso aquellas con las que no estoy de acuerdo. La historia está atravesada por el sufrimiento, pero narrada con una profundidad realista, a través de personajes que, pese a tenerlo todo, dejan ver el lado egoísta, envidioso y déspota que los habita, aunque en el fondo de sus almas persistan las dudas.
En contraste, el personaje central —Pequeña Flor— encarna una hondura extraordinaria. Es una mujer humilde, esencialmente buena, desprendida e inteligente, cuyos sentimientos son auténticos y colmados de sueños. Su grandeza radica, sobre todo, en que jamás alberga resentimiento, amargura, rabia, envidia ni rencor, ni siquiera hacia su madre ni hacia quienes le causaron daño. Esa capacidad suya de permanecer luminosa en medio de la adversidad elevó aún más mi admiración por el libro y por el alcance que logra la escritora en su narrativa.
