Entre aquello que en realidad fue y lo que pudo haber sido, Catalina de Erauso forjó su propia leyenda. La de una mujer que, como pocas, se animó a transgredir en el siglo XVII cualquier tipo de orden, incluso el que le imponía su propio cuerpo.
Hija de una acomodada familia de San Sebastián, la menor de seis hermanos, a los cuatro años fue internada en un convento de dominicas. De inmediato, su rebeldía y su intransigencia se hicieron carne. A los quince huyó, se dio a la fuga, salió al mundo. Y decidió vestir ropas de hombre, vivir su vida como un varón. En adelante, nada de lo humano le fue ajeno. La furia y la guerra marcaron tanto su piel como cada uno de sus días. Con su identidad apócrifa viajó sin rumbo. Cruzó el Atlántico y luchó y mató por su rey, pero también por ella misma. Vio a la muerte a los ojos no una sino cien veces. Prófuga y encendida, buscó la paz y no encontró más que arrebato adonde fuera que sus tormentas la llevaran.
De acuerdo con la Historia, Catalina de Erauso nació en San Sebastián, España, en 1585, siendo hija del capitán de Infantería don Miguel de Erauso y de doña María Pérez de Galarraga, quienes además tuvieron otros tres hijos varones que más tarde siguieron la carrera de las armas. Respecto a la hija se dice que “pronto demostró un carácter duro y enérgico que se correspondía con un físico poco femenino; presentaba un extraño y paradójico contraste por su conformación varonil y su semblante agraciado y picaresco. Crecía no sólo en edad, sino también en valor y audacia”. Tempranamente fue llevada a un convento para que siguiera una vida consagrada como monja, pero pasado algún tiempo abandonará el claustro; en realidad, escapará de él con el fin de hacer una vida llena de aventuras vestida de hombre para salvaguardar su existencia. Pronto se trasladará al Nuevo Mundo siempre actuando como un soldado hasta alcanzar el nombramiento de alférez y realizando hazañas militares y otras no tanto, como la estocada que le da a un hombre en una de las pendencias callejeras provocándole la muerte. Para desgracia de Catalina -que en ese momento- se hacía llamar Alonso Díaz y Ramírez de Guzmán, el abatido era uno de sus hermanos. Al final de sus días terrenos pedirá una audiencia con el papa Urbano VIII, quien le concede permiso para abandonar el claustro al que había retornado y vestirse de hombre si lo creía conveniente.
La historia de la vida de la monja alférez ha sido tematizada varias veces por la literatura sobre la base de las discursividades que en torno a ella se han desplegado, incluida sus memorias publicadas por primera vez en el siglo XIX: Historia de la monja alférez, doña Catalina de Erauso, escrita por ella misma, e ilustrada con notas y documentos por don Joaquín María de Ferrer, París, en la imprenta de Julio Didot, calle del Puente de Lodi, 6, 1829. El dato lo tomamos de la edición y traducción de la obra de Thomas de Quincey, La Monja Alférez (1972) realizada por el escritor peruano Luis Loayza, donde el autor De Quincey afirma haber escrito su libro a partir de la autobiografía de la heroína y de los documentos que supuestamente están en el archivo de Indias sevillano. Una de las novelas chilenas que retoma la historia de Catalina de Erauso es Confesiones de la Monja Alférez de Juanita Gallardo, publicada en 2005, quien en las fuentes señala la autobiografía de la guipuzcoana.
Canale contó que su interés por esta figura nace cuando “estaba investigando mi novela anterior sobre Bernardo de Monteagudo” allí “me apareció en algún fragmento su nombre, Catalina. Y cuando vi quién era, me dio una suerte de vahído y dije: 'Yo quiero escribir sobre esta mujer'. Así que hable con mi editor. Y empecé a juntar material y a acostumbrarme a la idea de que la obra no iba a salir en un año”.
“Fueron dos años de investigación porque era otro siglo, otro continente. Ademas, un disparate la vida de esta mujer por lo aguerrida, guerrera, desafiante y diferente”, describió la autora y se volvió al título: “ Las cruzadas te puede remitir a las cruzadas previas al momento histórico al que transcurre la vida de esta mujer. Pero también remite al cruce de los océanos, al cruce de continentes y también porque ella cruza el género, ya que se viste de varón para no ser asesinada”.
“Catalina es una fugitiva y una fuera de todas las leyes. Cruza todos los límites, incluso los identitarios. Se cambia hasta el nombre”, señaló y agregó que “nacida en 1592 fue internada en el convento a los 4 años, como todas las chicas nobles de la época. Y en algún momento decide escapar. Y en esa fuga, lo interesante es que se evade de todo y va en busca de quién es”.
“Ella fue una mujer muy de avanzada y en problemas porque no sabe que está buscando. Es pura incertidumbre. Eso es lo interesante”.
La propuesta escrituraria de Canale es la puesta en escena de una protagonista transgresora de los márgenes de la época que le cupo vivir optando por vestir de hombre y experimentar su vida como varón aplacando el cuerpo en uno y otro sentido, como mujer en su corporalidad y actuando como hombre. La programación narrativa de la novela de Florencia Canale está realizada sobre la base de cuatro capítulos que tematizan diversas instancias de la historia de Catalina de Erauso y su familia, así como el entorno social en que se desarrolla su vida: Hija del mar, Prófuga de Dios, La conquista de América y La hora del desvelo, son los núcleos narrativos de la trama de la novela. El narrador adopta la perspectiva del conocimiento pleno del acontecer y se abre el relato en Roma en junio de 1626 cuando Catalina tiene la audiencia con el Papa Urbano VIII. Los capítulos despliegan la historia desde los cuatro años en que fue llevada al convento de dominicas donde demostró una personalidad que no se condecía con la vida consagrada. Huyendo del convento se transforma en la prófuga de Dios con una identidad falsa viviendo una multiplicidad de aventuras y avatares enrolándose en la milicia, cruzando el Atlántico para llegar a la Nueva España donde las aventuras y desventuras de la monja alférez se incrementarán hasta retornar a Europa, entrevistarse con el Papa y volver al nuevo continente donde morirá de una manera apacible.
El personaje de Catalina de Erauso se muestra como un protagonista absoluto; en torno a él/ella gira el relato -el narrador usa ambas formas pronominales cuando se refiere a la monja en la trama-, quien con sus aventuras y desventuras y sus diversos amos y señores a quien sirvió se transforma en un pícaro o pícara a la manera de los personajes de aquella forma narrativa denominada novela picaresca. Las líneas que cierran en relato indican que “con el correr de los siglos, los restos de la monja alférez desaparecieron de la tumba que los alojaba: Tras un sinfín de traslados, terremotos y misterios, nunca más se supo de ellos. Nadie conoce su paradero. El espíritu de doña Catalina de Erauso persiste en su peregrinar errante”.
La novela de Canale, sin duda, que aporta una imaginación proliferante para darle un sentido novelesco a la Historia de la monja alférez, quien habría muerto en un naufragio, como lo dice De Quincey, mientras que la novela de la autora chilena concluye diciéndonos que “terminó viviendo con una lugareña de mala cara y buena mano para la cocina. Cuentan que por ese entonces estaba transformado en un hombre sereno, pío y de trato agradable”. Tres finales distintos para una historia narrativa de una mítica protagonista. La novela de Florencia Canale no dejará indiferente al lector al proponernos su versión notable de Catalina de Erauso entre lo que fue y lo que pudo haber sido. Una novela histórica absolutamente recomendable para quienes gusten de esta modalidad narrativa.

