Ocho días de horror y saqueo de la comunidad cristiana de Damasco en julio de 1860 suponen, entre cosas, el presagio de sucesivos genocidios.
En julio de 1860, el Dr. Mikhayil Mishaqa escapó por poco de la muerte cuando una turba enfurecida intentó lincharlo en los callejones de Damasco. Un próspero comerciante de seda y asesor de príncipes libaneses, Mishaqa dejó su aldea levantina para trasladarse a la ciudad en 1834, donde se formó como médico antes de convertirse en vicecónsul estadounidense. Instalado en el corazón de la Siria otomana, Mishaqa pronto se unió a las filas de los notables cristianos damascenos. Pero su prestigiosa posición le ofreció poca protección ese julio, ya que los musulmanes en el Monte Líbano y Damasco se volvieron contra sus vecinos cristianos, matando a más de 10.000 y 5.000 respectivamente en lo que Eugene Rogan llama un "momento genocida". Mishaqa y su familia sufrieron numerosas heridas y vieron su casa saqueada. Milagrosamente, sobrevivieron.
Los otomanos no eran ajenos a la violencia. Los descendientes de Osman Gazi se abrieron paso a sangre y fuego desde Anatolia para conquistar y esclavizar hasta construir un vasto imperio que abarcaba el sureste de Europa, el norte de África y gran parte de Oriente Medio. Pero para el siglo XVI, el sultán Solimán I —conocido en Occidente como «el Magnífico» y en Turquía y el mundo árabe como «el Legislador»— había instaurado el estado de derecho y las sangrías sectarias se convirtieron en cosa del pasado. Durante el siglo XIX, esto comenzó a cambiar. Los episodios de violencia entre musulmanes y cristianos otomanos se hicieron más frecuentes y sangrientos hasta el final de la Primera Guerra Mundial.
En 1989 Rogan descubre en los Archivos Nacionales de Washington D.C. los escritos de Mikhayil Mishaqa (1800-1888), el hombre más educado de todo Damasco en su tiempo, de religión greco-católica pero convertido al protestantismo a los 48 años. Asumió el puesto de primer vicecónsul norteamericano en septiembre de 1859, un año antes de los “Sucesos”, que sufrió en su propia carne junto a su numerosa familia y en los que murieron asesinadas 5.000 personas en Damasco y otras 15.000 en la región montañosa de Líbano. Los Estados Unidos de entonces estaban muy lejos de influir en Oriente Medio como lo hacían ya Rusia y otras potencias europeas, pero tuvieron en Damasco un testigo excepcional de aquellas violentas revueltas.
A lo largo de 377 páginas, el lector, que tiene que estar realmente muy interesado en seguir la historia de Mishaqa, investigada y contada hasta los más mínimos detalles, descubre cómo a comienzos del siglo XIX el auge del comercio internacional y la navegación a vapor cambian Oriente Medio, haciendo de las minorías cristianas los mejores aliados y representantes de los extranjeros que buscan negocio allí. Se abren las primeras misiones diplomáticas en Damasco, una de las ciudades más grandes de la zona, y surgen los “protegidos” no musulmanes que disfrutan de inmunidad y privilegios. Muchos ven esto como un ataque a la cultura y las tradiciones islámicas y como un movimiento que favorece no sólo a los cristianos, sino a los judíos. En 1840 ya se hablaba del “gran reemplazo” entre las élites damascenas, concepto que han utilizado a menudo el ultranacionalista francés Éric Zemmour y otras figuras xenófobas mundiales.
Ese es el origen real de los “Sucesos de Damasco”. La comunidad musulmana veía a los cristianos como una “amenaza existencial”, como subraya Eugen Rogan, y esa percepción “dio paso a un momento genocida, en el que el exterminio de los cristianos sirios parecía una solución razonable”. Las autoridades en Estambul temen una intervención exterior para frenar la masacre cristiana, y esto les obliga a adoptar decisiones radicales. Ya en 1839 el régimen turco había puesto en marcha un programa de reformas y modernización llamado “Tanzimat”, pero ahora se impone aplicarlo a conciencia y acabar con la corrupción, la indiferencia y el pasotismo de las autoridades locales.
Entre esas reformas figura una importante dictada ya en 1856: el respeto a las minorías no cristianas y su igualdad ante la ley. Esto supone también su derecho teórico a participar en la política regional y nacional. Sin embargo, el marco legal no impide que en el interior de Líbano las tensiones estallen entre drusos y cristianos maronitas –apoyados por Francia– en la primavera de 1860. Persiste una rivalidad que se inflama, un siglo después, con la crisis de 1958 y la guerra civil (1975-90). El reparto del poder por confesiones religiosas, impuesto por París y asumido por la Sociedad de Naciones en 1920, explica igualmente la inestabilidad en el País de los Cedros que llega hasta nuestros días.
En sus conclusiones, Eugen Rogan afirma que tras los acontecimientos sangrientos de 1860 cristianos y musulmanes en Siria aprendieron a forjar poco a poco una identidad secular… Pero duró sólo hasta el comienzo de la guerra civil, en 2011, y hasta la aparición del Estado Islámico en Siria e Irak en 2014. El renacer de los fundamentalismos y el nihilismo yihadista parecen demostrar que la Historia se repite una y otra vez.