viernes, 11 de enero de 2019

MI SANGRE

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Son colombianos. Uno fue considerado el narcotraficante más importante del mundo desde Pablo Escobar Gaviria. Al otro le atribuyen ser el financista de los carteles de la droga. Llegaron a la Argentina huyendo de la DEA y vivieron una vida de lujos y excentricidades. 

Pero ambos terminaron tras las rejas en el penal de Ezeiza, donde se vieron las caras por primera vez. La justicia norteamericana quiere juzgarlos por crímenes que ellos —sostienen— jamás cometieron. Pero en sus pasados hay misterios hasta ahora jamás contados. 

Por primera vez, un periodista se atreve a revelar la historia secreta de cómo la Argentina se transformó en el nuevo paraíso de los narcos y paramilitares de Colombia. Dobles vidas. Complicidad de la justicia y la policía. La relación con la política. 

Y la mirada de cerca de los sicarios que, junto al narcotráfico, también llegaron para quedarse. El autor se aproxima como nunca nadie lo hizo antes a la verdadera historia de Henry de Jesús López Londoño —alias Mi Sangre— y de Ignacio Álvarez Meyendorff —alias Gran Hermano—, protagonistas de esta trama que parece salida de Hollywood, pero es mortalmente real.

jueves, 10 de enero de 2019

RESCATANDO A SARA

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UN TESTIMONIO CONMOVEDOR SOBRE EL AMOR A UN OFICIO, AL SER HUMANO Y A LA LIBERTAD.

Javier Preciado narra en primera persona el que tal vez sea su reportaje más comprometido; el rescate de Sara. Con tan solo ocho años, Sara es arrancada de los brazos de su madre, Leticia, y de su casa en pleno corazón de la sierra de Madrid, y llevada con engaños hasta Basora, la ciudad iraquí que vive en esos momentos uno de los capítulos más cruentos de su historia. El secuestrador no es otro que su propio padre.

En principio se trataba tan solo de averiguar dónde estaba Sara y devolverla a su país. Javier no esperaba encontrarse con la angustia de una niña cuya mirada tuvo que soportar gritos, muertes, llantos y bombas en un mundo extraño y desconocido. Esto provocó que el reportero hiciera suya la angustia tanto de una madre desesperada como la de una niña abandonada en el infierno.

A partir de ese momento, empieza una carrera sin aliento para Leticia y Javier: reuniones con el Gobierno y la oposición españoles, pactos con mafias terroristas iraquíes, contactos con visionarios, con princesas kuwaitíes, con mercenarios sin escrúpulos. Todo para llegar hasta Sara, que desconocía que su madre y un periodista eran detenidos en el aeropuerto de Damasco, tiroteados en las carreteras iraquíes, custodiados en una cuartel del ejército o escoltados por los geos en Bagdad. 

Un relato escrito con las entrañas y al frenético ritmo de una implacable cuenta atrás: Sara tiene que volver a los brazos de su madre antes de que su padre la pueda entregar en matrimonio y su sonrisa quede para siempre oculta bajo un velo.

miércoles, 9 de enero de 2019

BAJO UNA ESTRELLA CRUEL

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“La verdad, por sí sola, no prevalece”, se lee en Bajo una estrella cruel. Las palabras escritas en esta extraordinaria novela pertenecen a Heda Margolius Kovály, quien narró en este libro, traducido por primera vez al castellano y editado por Libros del Asteroide, los recuerdos de sus años transcurridos en Praga, donde no sólo había nacido en 1919, sino donde también encontró refugio tras haber conseguido escapar del ejército nazi.

Bajo una estrella cruel no es una nueva novela en torno al holocausto; son pocas las páginas que Margolius dedica a su itinerancia en diversos campos de concentración, donde había sido destinada junto a sus padres por su condición de judía. No se trata tampoco de una novela acerca de la represión soviética, aunque Praga sea el escenario de un drama que lejos de encontrar en 1945 su último acto, continúa describiendo la historia reciente de una Europa, por entonces dividida, marcada por el enfrentamiento. Leer a Margolius no es simplemente leer el lúcido testimonio de una época, adentrándose en un tiempo y en un espacio oculto durante décadas tras un muro infranqueable. Margolius, desde la distancia que sólo concede el paso del tiempo, dirige su mirada hacia atrás, hacia una Praga que trata de renacer tras el conflicto del 1945, en la que ya no están muchos de sus habitantes, muertos en los campos de concentración y de trabajo; una ciudad a la que regresan los supervivientes y en la que aquellos que se quedaron miran con recelo, con temor y desconfianza el nuevo escenario hecho de ruinas que se abre frente a ellos. Margolius es una de los tantos que regresan a casa, a una ciudad en la que ya no encuentra la consideración, la unión entre los vecinos, que antes impregnaba sus calles. La guerra ha eliminado todo rastro de humanidad y el miedo lleva a cerrar las puertas, a ignorar a todo aquel que pudiera ser sospechoso. En una Praga conquistada por el terror, dominada por la desconfianza por y para la supervivencia personal, la Unión Soviética se convierte en un referente, en el único modelo posible con el fin de construir un futuro al que, a finales de los años cuarenta, todos se aferraban con temerosa inseguridad.

“La verdad”, escribe Margolius, “por sí sola, no prevalece. Cuando se enfrenta al poder, la verdad suele perder”. En aquellos años de posguerra el pasado reciente se silenció; en un intento de olvidar, los años de guerra se convirtieron en un paréntesis al que nadie quería regresar. A ojos ajenos, la experiencia de Heda Margolius y de muchos otros nunca existió: los vecinos que habían prometido guardar las pocas pertenencias de los deportados no las devolvieron; muchos de los objetos y de los muebles fueron vendidos en ausencia de sus propietarios, había que sobrevivir a la escasez del conflicto. Los bombardeos destruyeron muchos apartamentos, otros, en cambio, habían ido a parar a manos ajenas. Los pocos supervivientes regresaron a una ciudad que parecía haberles olvidado; se tenía que empezar de nuevo, los que regresaban y los que nunca se marcharon volvían a unirse para construir un porvenir, un tiempo futuro en el que los valores comunistas de la Unión Soviética representaban la alternativa a un sistema democrático que no había sido capaz de evitar el enfrentamiento.

Aquella verdad que en los años de ocupación fue derrotada no tardó en vivir un nuevo fracaso; las promesas que llegaban de la mano del Partido pronto se convirtieron en mentiras, en simples eslóganes que escondían, tras el oscurantismo burocrático y las conspiraciones por el poder, una realidad marcada, nuevamente, por la desaparición, por la fragmentación social. Aquellas ideas de igualdad, de ausencia de clases, de reconocimiento hacia el proletariado, el Estado y la comunidad no tardaron en configurarse como una férrea ideología que negaba toda oposición; la no fidelidad se pagaba y las detenciones injustificadas, las acusaciones de inocentes, los asaltos nocturnos en las casas llegaron junto con la nueva década, la de los años 50. Heda Margolius, lejos de la ingenua convicción sin rastro de maldad de su marido, Rudolf Margolius, siempre permaneció escéptica frente a las promesas realizadas en reuniones y mítines por los dirigentes del Partido; esa incredulidad la alejó de su marido cuya ceguera ayudó a que escalara dentro de la jerarquía partidista. Heda nunca le abandonó, sin embargo el escepticismo inicial pronto se transformó en oposición; la realidad de la que diariamente era testigo en las calles de Praga -la carencia de productos, las colas interminables, la pérdida de las propiedades- nada tenía que ver con el lujo y los excesos de las celebraciones oficiales a las que Heda acudía con su marido.

La lucidez de ella se contraponía con la ceguera de Rudolf que trataba de negar una realidad cada vez más evidente. Él no había luchado por esto, no podía pensar que sus esfuerzos y su compromiso político habían dibujado el peor de los escenarios; sabía que Heda no se equivocaba, pero resulta difícil
aceptar la derrota de un ideal. Su detención abrió finalmente los ojos de Rudolf; acusado injustamente de espionaje, fue condenado a muerte al tiempo que su apellido fue marcado durante más de una década. Viuda y con un niño pequeño, Heda tuvo que volver a luchar; habían pasado pocos años desde el día que consiguiera escapar de manos del ejército alemán, y ahora, en la misma ciudad donde tiempo antes había comenzado todo, la historia volvía a recorrer el mismo camino. Los colores eran otros, para ella ya no había campos de trabajo, pero sí el completo desamparo: el Estado le cerró todas las puertas; no había trabajo para la viuda de un traidor; las miradas recriminatorias la perseguían diariamente al tiempo que trataba de mantener a su hijo ajeno a cuanto sucedía. ¿Cómo no ver cuando el mundo vuelve a desmoronarse una vez más frente a la mirada? Nadie era ajeno a cuanto acontecía, pero como sucediese años antes, el miedo se convirtió en el peor de los enemigos. La verdad “únicamente prevalece cuando la gente es lo bastante fuerte como para defenderla”. No es fácil ser un héroe, los héroes son pocos y los adversarios muchos; cuando la supervivencia se convierte en un reto, cuando el miedo asfixia, ¿cómo hacer surgir la verdad?

La primavera de Praga fue una ventana abierta hacia la posibilidad de cambio; la subida al gobierno de Kruschov en la URSS y la ruptura parcial con la política estalinista parecía poner punto y final a unos años en los que el poder y la violencia habían dominado Praga y toda Checoslovaquia. Pasaron etapas de dificultades para sostener todavía el escepticismo; Heda vio en aquellos meses la posibilidad de un auténtico cambio, finalmente aquello por lo que había soñado Rudolf parecía llegar, hacerse real. Nuevamente, no obstante, la historia volvió a contradecir las expectativas de Heda, los hechos tornaron a recorrer el mismo camino y Praga volvió a sumergirse en un ambiente sofocante de dominio y de terror. La primavera había dado paso nuevamente al invierno que duró hasta la caída del muro de Berlín; muchos años debían transcurrir desde ese 1968, demasiado tiempo para seguir siendo testigo presencial de un drama que parecía no tener fin. Heda Margolius escapó de nuevo, recorrió el mismo trayecto. Pero esta vez no huía para regresar, sino para alejarse de aquella ciudad que permanecía como escenario, y a la vez testigo mudo, del peor de los relatos.

“Lo último que vi fue un soldado ruso, haciendo guardia con la bayoneta calada”; esta fue la imagen final que pudo ver Heda de su país; eran los años de la Europa dividida, en los que en la frontera oriental los soldados rusos hacían guardia, bayoneta en mano, “protegiendo” sus fronteras. Años antes habían sido los militares alemanes quienes apuntaban con el arma y años después fueron otros quienes mantuvieron esa misma bayoneta. Con Bajo una estrella cruel Heda Margolius Kovály nos traslada a un tiempo, todavía muy reciente, en el que las fronteras estaban hechas de bayonetas y de muros; en pocos años, la crueldad dominó territorios y países. Una época en la que muchos murieron y muchos otros fueron obligados a marchar. Ha pasado el tiempo pero la historia se repite, una y otra vez, en un eterno retorno; los escenarios son otros, pero todavía hay muchas Praga, todavía hay quienes, al huir, al abandonar la propia ciudad y el propio país ven, en su última mirada hacia atrás, a un militar con una bayoneta.

Bajo una estrella cruel es una excelente novela, un lúcido testimonio de un tiempo y una metáfora del presente que todavía se parece demasiado a aquel pasado que, puede, nunca hallamos superado.

martes, 8 de enero de 2019

VIDAS ROTAS

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Fruto de una exhaustiva investigación de años de duración, Vidas rotas recoge por primera vez la historia y semblanzas de los centenares de seres humanos víctimas del terrorismo etarra, las circunstancias en las que fueron asesinados, los testimonios de sus allegados y seres queridos, así como las identidades de los terroristas condenados por estas muertes y sus sentencias judiciales. 

Estas páginas conforman un impactante relato repleto de humanidad en el que, a través de una intensa labor de documentación, se revela la abominable historia de persecución y sufrimiento de todos los hombres, mujeres y niños asesinados por ETA. Nunca antes se había abordado el fenómeno terrorista en el País Vasco con esta minuciosidad desde la perspectiva de las propias víctimas del terrorismo. 

La secuencia cronológica de todas y cada una de las muertes causadas por ETA permite comprender en su plenitud el tremendo coste humano y político del terrorismo en España. Emerge así el significado político de las víctimas de un grupo terrorista que ha desafiado a nuestra democracia al intentar imponer por la fuerza sus objetivos políticos nacionalistas. 

El análisis estadístico de las pautas de victimización de ETA y de la estrategia de selección de sus víctimas, así como de las características personales y profesionales de todas y cada una de ellas, hacen de esta una obra de referencia indispensable para periodistas, historiadores y politólogos. Es asimismo un libro imprescindible para cualquier ciudadano que desee conocer el brutal impacto que sobre nuestra nación han tenido la violencia y la conculcación de los derechos humanos de las víctimas del terrorismo.

lunes, 7 de enero de 2019

LO DIFÍCIL ES PERDONARSE A UNO MISMO

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El primer libro en el que un etarra arrepentido cuenta, en primera persona y sin esconder nada, qué le llevó a formar parte de la banda.

El 19 de febrero de 1992, Iñaki Rekarte empezó a caminar deprisa en dirección contraria al coche bomba que había aparcado minutos antes en el barrio de La Albericia de Santander. Segundos más tarde vio pasar a su objetivo, una furgoneta de la policía, buscó en el bolsillo el mando a distancia, levantó el brazo y apretó el botón con todas sus fuerzas. La explosión absorbió durante unos instantes todo el oxígeno de la calle; luego lo soltó de golpe. Tres personas murieron: un matrimonio de unos cuarenta años y un hombre de menos de treinta. Una veintena de transeúntes, entre ellos dos policías, resultaron heridos. Fue el primer atentado, y el último, del recién formado comando Santander de ETA. Pocas semanas después, Iñaki Rekarte fue detenido y encarcelado, y, en 1998, juzgado y condenado a 203 años de cárcel.

Lo que vino a continuación fueron dos décadas de prisión, odio, aislamiento, consignas y, más tarde, poco a poco, de crecimiento y evolución personal. De la sed de aventuras de los diecinueve años, los que tenía en la época en la que entró a formar parte de ETA, pasó a la radicalización ideológica en la cárcel, donde la fidelidad acrítica al grupo lo era todo, y de ahí al desencanto, la desvinculación y la salida, previo paso por el centro penitenciario de Nanclares.

Pero esta es también, y pese a todo, una historia de amor. La de Iñaki Rekarte con Mónica, una trabajadora social de la prisión gaditana de máxima seguridad Puerto I, donde estuvo recluido trece años, a través de la cual descubrió un mundo y una sociedad, desconocidos para él, que hasta entonces solo identificaba como el enemigo.

LAS ZARINAS. PODEROSAS Y DEPRAVADAS

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Tras la muerte de Pedro el Grande, en 1725, quien sucederá a ese reformador déspota y visionario? Rusia esta inquieta, nobles y vasallos trazan sus estrategias y desarrollan hipótesis acerca de quien ocupara el trono. Serán tres emperatrices y una regente quienes detentaran el poder durante treinta y siete anos: Catalina I, Anna Ivanovna, Anna Leopoldovna, Isabel I. Mujeres todas ellas caprichosas, violentas, disolutas, libertinas, sensuales y crueles, que impondrán su extravagante carácter al pueblo y harán vacilar a la santa Rusia.

Este es sin duda el libro del autor, un gran libro, que describe un momento de Rusia prácticamente desconocido entre dos zares de renombre como son Pedro I y Catalina II. Henri Troyat no escatima detalles para mostrar a estas zarinas en su intimidad, poseídas por sus pasiones y su ambición desmesurada y es que en la realeza las bajas pasiones adquieren gran protagonismo…Algo sabido pero que no está mal recordarlo.

Catalina I, mientras que todo el mundo coincide en señalar sus modales de cantinera disfrazada de soberana, las opiniones varían más cuando se trata de comentar su inteligencia y su capacidad de decisión. Si bien apenas sabe leer y escribir, si bien habla ruso con un acento polaco teñido de sueco, desde los primeros días de su reinado demuestra una loable aplicación en la tarea de llevar a la práctica el pensamiento de su marido. Para impregnarse mejor de las cuestiones de política exterior, incluso ha aprendido un poco de francés y de alemán. En todo tipo de circunstancias, prefiere confiar en el sentido común que le ha proporcionado una infancia difícil. Algunos de sus interlocutores la encuentran más humana, más comprensiva que el difunto zar. Con todo, consciente de su inexperiencia, consulta a Ménshikov antes de tomar cualquier decisión importante. Sus enemigos afirman a sus espaldas que éste la tiene totalmente sometida y que ella teme desagradarle tomando iniciativas personales.

De todos los que pueden aspirar al trono de Rusia, el peor preparado para ese temible honor es aquél al que acaban de otorgárselo. Ninguno de los candidatos a la sucesión de Catalina I ha tenido una infancia tan desprovista de afecto y de consejos como el nuevo zar Pedro II. No ha conocido a su madre, Carlota de Brunswick-Wolfenbüttel, que murió al traerlo al mundo, y sólo tenía tres años cuando su padre, el zarevich Alejo, sucumbió víctima de la tortura. Doblemente huérfano, educado por ayas que eran simples sirvientas del palacio y por preceptores alemanes y húngaros de poca ciencia y poco corazón, se encerró en sí mismo y, desde que tuvo uso de razón, manifestó un carácter orgulloso, agresivo y cínico. Permanentemente inclinado a la denigración y la rebeldía, sólo siente ternura por su hermana Natalia, catorce meses mayor que él, cuyo temperamento jovial aprecia. Sin duda por atavismo, pese a su corta edad le gusta embotarse bebiendo alcohol y divertirse con las más groseras bromas, y le sorprende que la joven se sienta atraída por la lectura, las conversaciones serias y el estudio de lenguas extranjeras.

La misma incertidumbre que desorientó a los miembros del Alto Consejo secreto a la muerte de Pedro I el Grande vuelve a apoderarse de ellos en las horas que siguen a la muerte de Pedro II, «el Pequeño». Dada la falta de un heredero varón y de un testamento auténtico, ¿por quién pueden reemplazar al difunto sin provocar una revolución en la aristocracia? En el palacio Lefort de Moscú se encuentran reunidos los notables habituales de la Generalidad, rodeando a los Golitsin, los Golovkin y los Dolgoruki. Pero nadie se atreve todavía a expresar su opinión, como si todos los encargados de tomar decisiones se sintieran culpables del trágico declive de la monarquía. Vasili Dolgoruki considera que ha llegado el momento de imponer, aprovechando la confusión general, la solución que cuenta con sus preferencias, y desenvainando la espada profiere un grito de adhesión: «¡Viva Su Majestad Iekaterina!». Para justificar esta exclamación de victoria, invoca el testamento elaborado la víspera y en el que su joven pariente, Iván Dolgoruki, ha imitado la firma del zar.

Ana Ivánovna, casada a los diecisiete años con el duque Federico Guillermo, que dejó en la corte el recuerdo de un príncipe pendenciero y borracho, y retirada con su esposo en Annenhof, en Curlandia, se quedó viuda unos meses después de haber partido de Rusia. Más tarde se trasladó a Mitau, donde vivió desamparada y con estrecheces. Durante esos años en los que el mundo entero parecía haber olvidado su existencia, un hidalgüelo de origen westfaliano, Johann Ernst Bühren, permaneció constantemente a su sombra. Éste reemplazó a su primer amante, Piotr Bestújiev, que era el protegido de Pedro el Grande. Como sucesor de Piotr Bestújiev, Johann Ernst Bühren, de escasa instrucción pero de ambición ilimitada, se ha mostrado muy eficiente en los trabajos diurnos, en el despacho, y en los nocturnos, en la cama de Ana. Ella está tan dispuesta a escuchar sus consejos como a recibir sus caricias. Bühren la libera de todas las complicaciones que teme y le proporciona todos los placeres que desea. Aunque el verdadero apellido del personaje es Bühren y aunque su familia lo haya adaptado al ruso convirtiéndolo en Biren, él prefiere llamarse Biron, un patronímico de resonancia francesa.
El 23 de agosto de 1740, Ana da a luz a un niño, que es inmediatamente bautizado con el nombre de Iván Antónovich. La zarina, aquejada desde hace unos meses de una dolencia difusa cuya causa los médicos no acaban de precisar, experimenta una súbita mejoría al enterarse de la «gran noticia». Rebosante de júbilo, exige que toda Rusia exulte por ese nacimiento providencial. Acostumbrados a obedecer y a fingir, sus súbditos, como siempre, se deshacen en bendiciones. Sin embargo, no pocas mentes perspicaces se plantean muchas preguntas. ¿Con qué derecho un retoño de pura sangre alemana, puesto que es Brunswick-Bevern por parte paterna y Mecklemburgo-Schwerin por parte materna, y su único vínculo con la dinastía de los Románov es a través de su tía abuela Catalina I, esposa de Pedro el Grande, también de origen polacolivonio, se ve promovido desde la cuna al rango de heredero auténtico de la corona? ¿En nombre de qué ley, de qué tradición nacional se arroga la zarina Ana Ivánovna el poder de designar su sucesor? ¿Cómo es que no tiene a su lado un consejero lo bastante respetuoso con la historia de Rusia para evitar que tome una iniciativa tan sacrílega?.

El 28 de octubre de 1740, entra en coma.
Cuando se anuncia su muerte, Rusia despierta de una pesadilla, pero en el entorno de palacio se cree que es para abismarse en otra todavía peor. Según la opinión unánime, con un zar de nueve meses y un regente de origen alemán que habla en ruso a regañadientes y cuya principal preocupación es aniquilar a las familias más nobles del país, el imperio se precipita hacia la catástrofe.

Al día siguiente de la muerte de Ana Ivánovna, Bühren se convierte en regente por la gracia de la difunta, con un bebé como símbolo y garantía viva de sus derechos. Inmediatamente se dedica a despejar el terreno a su alrededor. A su entender, la primera medida que se impone es alejar a Ana Leopóldovna y Antonio Ulrico, los padres del pequeño Iván.

Completamente aturdida aún por lo repentino de su acceso al poder, Ana Leopóldovna se alegra menos de este triunfo político que del regreso a San Petersburgo de su último amante, el hombre al que la zarina creyó oportuno alejar para obligarla a casarse con el insulso Antonio Ulrico. Nada más aparecer los primeros indicios de calma, el conde de Lynar ha retornado, dispuesto a las más apasionadas aventuras. Cuando ella lo ve de nuevo, su encanto vuelve a seducirla al instante. Durante los meses que ha estado ausente, el conde no ha cambiado. A sus cuarenta años, apenas aparenta treinta. Alto y esbelto, de tez clara y mirada centelleante, sólo viste prendas de colores claros —azul celeste, albaricoque o lila—, se baña en perfumes franceses y utiliza crema para conservar la suavidad de sus manos. Se dice de él que es un Adonis en la plenitud de la vida o un Narciso que ha olvidado envejecer. No cabe duda de que Ana Leopóldovna lo acogió de inmediato en su lecho; no cabe duda tampoco de que Antonio Ulrico aceptó sin rechistar la situación. En la corte, a nadie le sorprende este triángulo amoroso cuya formación era previsible.

El golpe de Estado se ha convertido en una tradición política en Rusia, Isabel se siente moral e históricamente obligada a someterse a las reglas en uso en tales casos extremos: proclamación solemne de los derechos al trono, detención masiva de los opositores y lluvia de recompensas a los partidarios.

Isabel, testigo impotente de la obsesión de ese muchacho al que ha querido integrar por la fuerza en una nación en la que se siente totalmente extranjero, piensa con angustia que el poder de una soberana, en principio absoluto, se revela incapaz de modelar un alma rebelde. Se pregunta si, creyendo actuar por el bien de todos, no ha cometido el error más grave de su vida al confiar el porvenir del imperio de Pedro el Grande a un príncipe que, manifiestamente, detesta a Rusia y a los rusos.

La gran tarea de Isabel consiste en vivir a su antojo sin descuidar demasiado los intereses de Rusia. Un equilibrio difícil de mantener en un mundo donde el trueque de sentimientos está tan extendido como el de mercancías. En ocasiones se pregunta si, ante la obstinación de Luis XV en negarse a tenderle la mano, no debería seguir más bien el ejemplo de su sobrino y buscar la amistad de Prusia, que se muestra más dispuesta a comprenderla. Aunque su «hijo adoptivo» sólo tiene quince años, ya piensa en buscarle una novia, si no del todo alemana, al menos nacida y criada en las tierras de Federico II. Al mismo tiempo, no renuncia a la esperanza de restablecer las buenas relaciones con Versalles y encarga a su embajador, el príncipe Kantémir, que haga saber discretamente al rey que la zarina lamenta la marcha del marqués de La Chétardie y que se alegraría de volver a verlo en la corte.

En la época de Pedro el Grande, los habituales de la corte tenían que aguantar ser invitados a las «asambleas» que éste había instituido a fin de iniciar, creía él, a sus súbditos en los usos occidentales, y que no eran sino aburridas reuniones de aristócratas sin pulir, condenados por el Reformador a la obediencia, el disimulo y las reverencias. Durante el reinado de Ana Ivánovna, estas asambleas se habían convertido en focos de intriga y de inquietud. Un terror sordo imperaba en ellas bajo la máscara de la cortesía. La sombra del demoníaco Bühren merodeaba entre bastidores. Y he aquí que, ahora, una princesa cautivada por los vestidos, los bailes y los juegos pide que la gente vaya a sus salones a divertirse. De tarde en tarde, la anfitriona imperial tiene accesos de cólera o impone innovaciones insólitas, es cierto, pero todos sus invitados reconocen que por primera vez se respira en el palacio una mezcla de sencillez rusa y elegancia parisiense. En lugar de ser cargas protocolarias, estas visitas al templo de la monarquía se presentan por fin como oportunidades para divertirse en sociedad.

Cuantas más responsabilidades asumen en la dirección de la nación, más necesidad sienten de saciar su instinto genésico, reprimido durante las aburridas conversaciones ministeriales. ¿No será eso la prueba de la ambivalencia original de la mujer, que, lejos de tener por única vocación el placer y la procreación, está igualmente en su papel cuando dirige el destino de un pueblo?

De repente, Catalina ve con una claridad diáfana una evidencia histórica: Rusia es, más que ninguna otra tierra, el imperio de las mujeres. Ella sueña con modelarla a su manera, con pulirla sin desnaturalizarla. Desde la primera Catalina hasta la segunda, las costumbres han cambiado imperceptiblemente. En los salones, la robusta barbarie oriental ya se da aires de cultura europea. La nueva zarina está resuelta a alentar esta metamorfosis, pero su próxima ambición es hacer olvidar sus orígenes germanos, su acento alemán y su antiguo nombre, Sofía de Anhalt-Zerbst, y ser para todos los rusos la más rusa de las soberanas, la emperatriz Catalina II de Rusia. Tiene treinta y tres años y toda la vida por delante para demostrar su valor. Es más de lo que hace falta cuando, como ella, uno tiene fe en su estrella y en su país. Y le da igual que ese país no sea donde ha nacido, porque es el que ha elegido. No hay nada más noble, piensa Catalina, que construir el propio futuro al margen de las nociones de nacionalidad y genealogía. ¿No es por eso por lo que un día la llamarán Catalina la Grande?.

domingo, 6 de enero de 2019

LA INTOCABLE

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Al príncipe se le exige que se case bien, sea honrado, tenga empatía con la ciudadanía y esté bien preparado. A las infantas solo que se casen bien y permanezcan en un segundo plano. A la vista está que Cristina Federica de Borbón y Grecia matrimonió peor que mal y ha protagonizado el mayor escándalo de la familia real en casi cuarenta años de juancarlismo. 

La intocable narra con precisión de cirujano y un estilo periodístico directo algunos hechos conocidos, desvela la operación secreta diseñada en los albores de 2012 en La Zarzuela para establecer un cortafuegos procesal en torno a la hija menor del monarca y explica cómo manejan el asunto las grandes víctimas colaterales, don Felipe y doña Letizia, que se refieren al «caso Nóos» como el «caso Nóos forramos». 

Este libro de Eduardo Inda y Esteban Urreztieta bucea en la personalidad de la gran desconocida de palacio. Una mujer antaño austera, religiosa y cartesiana que quedó «abducida» en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996 por un deportista guaperas con fama de macho alfa. 

A partir de entonces se volvió altiva, codiciosa, materialista e intelectualmente sorda. Tal y como se relata en estas páginas, continuación de Urdangarin. Un conseguidor en la corte del rey Juan Carlos, Cristina se ha enrocado en la defensa de su pluriimputado marido, se cree víctima de «una conspiración» y considera que todos sus negocios en Nóos y Aizoon son «plenamente legales». Una soberbia que la ha convertido en la primera royal española que se sienta en el banquillo, acusada de delitos que le pueden suponer hasta once años de cárcel.

El esposo de Cristina de Borbón ha sido es condenado por prevaricación, malversación, fraude, tráfico de influencia y dos delitos fiscales. Diego Torres, sentenciado a ocho años y seis meses de cárcel; el expresidente balear Jaume Matas, a tres años y ocho meses. La Infanta debe pagar 265.088 euros
 

CRONICA DE UNA AMANTE DE LOS LIBROS Template by Ipietoon Blogger Template | Gift Idea