Cuando en el verano de 1959, Maria Callas, la cantante más famosa de su época, embarcó junto a su marido en el fabuloso yate Christina, propiedad de Aristóteles Onassis, no podía imaginar que iniciaba su más peligroso y definitivo viaje.
Carmen Ro recrea en esta novela aquellos días en los que la Callas encontró la pasión de un amor prohibido. La mujer escondida tras la diva emerge en las páginas de un diario de viaje. En ellas, Maria muestra sin tapujos el vértigo de los momentos prohibidos y el secreto de un amor adúltero nunca imaginado, mezclados con el dolor de un pasado traumático.
En el centenario del nacimiento de la gran Maria Callas he aquí a una mujer que se desnuda y una novela con un final tan estremecedor como insospechado.
María Callas y Aristóteles Onassis vivieron a bordo del 'Christina' una aventura de amor caníbal que volteó la vida de ambos 'El cuaderno secreto de María Callas' recrea aquel crucero de pasión salvaje, adúltera y suicida.
Aristóteles Onassis invita a María Callas a un crucero en su fabuloso yate Christina, el más lujoso del mundo. Estamos en el 22 de julio de 1959 y el barco desamarra en el puerto de Montecarlo. La soprano ni sospecha que ahí comenzará la aventura más peligrosa de toda su vida. María Callas es entonces La Divina y Aristóteles Onassis, el todopoderoso Onassis, a quien nadie dice no, alimenta una ambición obsesiva: enamorar a la diosa de la ópera. La Callas embarca en aquel crucero junto a su marido, Battista Meneghini, un hombre 27 años mayor que ella, que ejerce de minucioso manager desvelado. Viaja también Tina Onassis, la esposa del magnate griego, junto a los dos hijos del matrimonio, más una docena de ilustres invitados, entre los que destaca uno de los más íntimos, y exóticos amigos de Onassis: Winston Churchill. Durará varias semanas la navegación, visitando lugares inolvidables de Italia, Grecia y Turquía. María Callas embarcó creyendo que resolvería en un retiro de recreo, frente al mar, la monotonía de un matrimonio de 10 años, un matrimonio que ya participaba de la ruina del amor, un matrimonio que María quería salvar del hundimiento. Pero en aquel crucero ocurrió todo lo contrario.
En aquella travesía María descubrió por primera vez lo que era la pasión, pero la pasión en la vida real. Porque María interpretó en los escenarios de todo el mundo a mujeres potentes y apasionadas, como Medea, o como Tosca, pero cuando se bajaba de las tablas nada excepcional ocupaba sus días. Su biografía se limitaba a una existencia de costumbre: era una mujer que iba del teatro a casa y de casa al teatro. Y en ese itinerario no cabían sorpresas, salvo las que proponía la ópera.
La vida de María, la mujer, no incluía la pasión, al contrario de la vida de la Callas, que era pasión de oficio. Sin embargo, aquel verano de 1959, cuando la soprano tenía cumplidos 35 espléndidos años, durante aquel viaje a bordo del barco de los famosos, según acuñación del momento, brotó una ingobernable pasión entre María y Aristóteles, una pasión caníbal, un amor prohibido y adúltero por el que María lo arriesgó todo. Después de aquel definitivo verano los matrimonios de los dos griegos más famosos del mundo se rompieron. Después de aquel definitivo verano jamás volvió a ser la misma y su carrera quedó herida de muerte: la fulgurante estrella de María Callas se precipitó al vacío, mientras María, la mujer, vivía el vértigo de un amor suicida.
No obstante, cuando se habla de La Divina es frecuente, casi preceptivo, centrarse en el estrellato cósmico de la soprano y olvidar a María, la mujer. La diva rio, posó y triunfó, pero María dudó, padeció, y lloró. La vida de María Callas se balanceó entre la mayor de los éxitos y el más doloroso de los fracasos, porque en su vida nada tuvo nunca medida. En ella fue un exceso la gloria, pero también el desamor, la orfandad, la catástrofe. María, la mujer, padeció el imperioso deseo de tener hijos y el afán de formar una familia, un anhelo que jamás llegó a ver cumplido. Un deseo que buscaba apagar el llanto infinito de una infancia traumática. Porque María creció marcada por desgarro de una madre que nunca la quiso. Cuando el 2 de diciembre de 1923 nació en Nueva York, su madre, Evangelia, una emigrante griega, no quiso ni cogerla en brazos. Evangelia había sufrido, tan solo unos meses atrás la dolorosa muerte de su hijo varón, el precioso Vassili, y quería tener otro niño que la liberara del duelo inaceptable. Pero cuando vio que el bebé era una niña, decidió no quererla. Para siempre.
María, antes de ser María Callas, fue una niña poco agraciada y obesa que recibía insultos, humillaciones y ataques de su madre. "Sigue ensayando, sigue cantando, tú sólo vales para cantar", le decía. El futuro de María iba a ser la canción, pero también el sufrimiento y el desamparo. Todo se precipitó después de aquel crucero, en el verano de 1959, de donde el corazón iba a salir malherido para siempre. Un tiempo después, ella lo dijo claro: "Vivir es sufrir".

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