Mientras reconstruye este inquietante gineceo en su realidad histórica, Los niños de Himmler ofrece una inmersión en la cotidianidad de un lugar concebido para desarrollar y «depurar» la raza aria, y criar a los futuros «señores de la guerra».
Es un acercamiento a ese episodio de la Segunda Guerra Mundial del que no supe mucho hasta los acontecimientos de 2018 cuando Noruega pidió públicamente perdón a todas aquellas mujeres que como Reneé sufrieron una condena social brutal, víctimas de la guerra y de su propia familia y país. Es una novela que despierta inquietud y deja una reflexión moral, ¿Helga estaba en el lado correcto? ¿De verdad se creía esa sarta de mentiras que se decía cada mañana? Un personaje moral que participó cada día sin pestañear de aquella locura, ese autoengaño, esa autojustificación para seguir haciendo el MAL.
Es una novela que arroja luz sobre lo que se hacia en aquellos “hogares” sobre todo en la figura del bebé Jürgen Weiss, unas madres y sus bebés no pasaron hambre, no fueron conscientes de la guerra que se libraba fuera de allí, otras qué. Aunque me faltó, señalo el valor de la novela de ficción, más allá del entretenimiento, como puerta para descubrir episodios e investigar más, así como reflexión. La Segunda Guerra Mundial y su complejidad moral, la ideología perversa.
«… se aleja de sí misma, va perdiendo poco a poco todo sentimiento de pertenencia y toda consistencia. …No le queda nada ni nadie, pero, al menos, ya nunca tiene hambre. ¿Acaso a vendido su alma, su país y su honor para nutrirse?»

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