Con lucidez, Elvira Liceaga traza un mapa de duelos y soledades que nos conmueve, evocando los pequeños gestos y complicidades que nos ayudan a repensarnos.
Volver a los “espacios seguros”, en este caso al hogar familiar, puede ser aún más difícil que abandonarlo por primera vez. Julia se encuentra en una crisis existencial cuando regresa a su México natal. Cinco años en Nueva York y un “fracaso” tras sus primeras incursiones en el mundo literario la devuelven, como un animal herido, al apartamento de su madre. Su búsqueda de un propósito vital al que su madre no deja de empujarla se le hace cuesta arriba, más cuando este reencuentro madre e hija reabre su duelo por la muerte de su hermana Celeste. Pero para Catalina, esta mujer jubilada que tuvo que sobreponerse a la muerte de su hija pequeña, volver a tener a Julia en casa también le hace revivir el dolor del pasado.
Es así como Catalina, terapeuta voluntaria en un albergue para mujeres embarazadas, anima a su hija a acompañarla como maestra para enseñar a una joven Silvia a leer y escribir. Comienza así una relación en la que, semana a semana, clase tras clase, la alumna y la maestra comparten intimidades, confidencias y Julia trata de intentar comprender la decisión de Silvia –cruzando límites profesora-alumna– de dar en adopción a su futuro bebé. Y es que desde su papel de hija y/o madre, cada una de las mujeres de esta novela nos muestran su propia visión de la maternidad y la pérdida.
Hay en “Las vigilantes” (@las_afueras) algo importantísimo: el silencio; porque, si tan importante es lo que estas mujeres se dicen aún lo es más por lo que escogen no decir. Pero, sobre todo, constituye un alegato sobre el papel de las cuidadoras en todas sus vertientes –entre madre-hijas, entre desconocidas, entre terapeuta-paciente– y las muchas formas de cuidar: desde el dolor de no haber podido hacerlo, desde el deseo de haber querido hacerlo, desde el recuerdo de haberlo hecho o desde el anhelo de querer hacerlo.
LasVigilantes nos deja así una historia entrañable sobre las pérdidas, los duelos, también los encuentros y las distintas formas de amarse.
“Dicen que se vigila con autoridad para castigar, pero también se vigila con amor para cuidar.”

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