Cualquiera que recuerde el sexenio de Fox, notará que el primer gran desafío que encuentra esta sátira es que está ridiculizando a un personaje que ya de por sí es absurdo. Lo único que México puede agradecerle a Fox es que nos dejó muchos memazos (José Luis Borgues, Hoy, hoy, hoy, chiquillos y chiquillas, etc.) Para que el libro surtiera efecto el autor tuvo que tomar una serie de decisiones muy inteligentes, la primera fue salirse del humor político clásico, que se puede encontrar por ejemplo en los caricaturistas, y contar su historia en el formato de novela rosa, presentando su obra como la historia de amor de dos locos desenfrenados inmediatamente le da otro toque de ironía y absurdismo, esta decisión es una de las claves para que la novela funcione.
Me parece que la comedia emana principalmente de dos factores, el primero obedece a una de las máximas de la comedia que dice: "la comedia es poner algo donde no pertenece" y vaya que es efectivo aquí al narrar las vicisitudes de dos tortolitos ingenuos tratando de vivir una historia de amor romántico cuando deberían de estar gobernando un país, cosa que no tienen idea como hacer, vamos, no tienen idea ni de como aparentar que saben lo que hacen, sus interacciones con otros personajes de la política nacional e internacional son siempre absurdas y por ende muy graciosas, otra cosa que me parece genial es que a pesar de que Ramírez está hablando de dos personajes muy específicos, siento que podría estar hablando de cualquier gobernante en cualquier época en cualquier parte del mundo (mi opinión como historiador es que los gobernantes no se volvieron más estúpidos este siglo sino que con el boom de las tecnologías de comunicación su estupidez se ha vuelto más visible) son personajes entrañables (por lo siniestros que son) y atemporales.
El segundo gran elemento cómico de la obra viene de la maestría que tiene Ramírez sobre el lenguaje, esta vez, a diferencia de Chin Chin el Teporocho, Ramírez usa la ortografía como la Real Academia manda, pero sus remates casi siempre son con expresiones coloquiales. El humor lingüístico puede ser peligroso como se puede comprobar en cualquier sketch de mierda protagonizado por Eugenio Derbez, los cuales no son otra cosa que una serie de forzadísimos chistes lingüísticos muy poco efectivos, pero en Ramírez, el humor lingüístico funciona porque su dominio del lenguaje es magistral, cada remate está bien pensado no sólo en términos cómicos sino también en términos poéticos, sí, poéticos, hay una enorme poesía en los chistes lingüísticos de Ramírez, esto puede apreciarse por ejemplo en los nombres que elige para los personajes, nombres que podrían parecer chistes simples pero que combinados con la solemnidad y la seriedad que le trata de imprimir el narrador omnisciente se vuelven poéticos (como Fito C. Quesadilla de Requesón, María Jesusa del Sagrado Corazón de Melón, sus hijos Hugo, Paco y Luis y el cardenal Ojésimo Zepeda y se Reempeda, acierta con cada uno de los nombres, no sólo en los de los personajes, sino también hace muy bien cosas pequeñas como llamar el Pirrín al PRI y el Perrón al PRD), el recurso del narrador omnisciente reluce, funciona porque los chistes no son forzados, sino deliciosamente naturales, se puede escuchar la pícara voz tepiteña del maestro Ramírez en cada uno de los versos impresos en las páginas, a su vez es el lenguaje del chisme de lavadero, ese que por alguna razón fascina al ser humano. En lugar del lenguaje ñero que utiliza en Chin chin el Teporocho aquí utiliza un lenguaje coloquial más neutro, más que ñero el lenguaje es el que usaría la mamá del ñero.
Al igual que otras de sus obras, Ramírez usa capítulos muy cortos, lo cual es benéfico para la trama porque además de hacerla más fluida, le da un aura de chisme, el chisme es el recurso que el autor usa para desarrollar su sátira política, así trata de hacer accesible para todo público la crítica de las estructuras de poder en México durante un sexenio que prometía el cambio.
En fin, me despido reiterando que este es un gran libro de comedia y recomiendo muchísimo su lectura, pero antes de irme quiero decir una cosa más: La frase con la que cierra la novela “todos los políticos son unos culeros” debería de estar escrita en todas las boletas electorales e inscrita en letras de oro a la entrada de todos los edificios de gobierno.

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