Desde la España republicana hasta la caída del Muro de Berlín, pasando por la Segunda Guerra mundial y los oscuros años de la Guerra fría, esta burguesa y revolucionaria, esposa y amante, espía y asesina, actuará siempre de acuerdo a sus principios, enfrentándose a todo y cometiendo errores que no terminará nunca de pagar. Memoria de un siglo convulso, caracterizado por la barbarie de los totalitarismos, esta obra es una vuelta de tuerca en la trayectoria de una de nuestras novelistas más internacionales. Dime quién soy sorprende por su dramatismo e introspección, por su intriga y por sus emociones a flor de piel. Una aventura desgarradora y cautivadora que tiene unos personajes excepcionalmente perfilados y literariamente inolvidables.
Una novela muy imperfecta desde varios puntos de vista. Diálogos planos que no establecen con claridad la diferencia entre los personajes cuyas personalidades no se reflejan en lo que dicen, sino en lo que el narrador dice de ellos y, a veces, ni siquiera así se logra establecer un vínculo entre aquello y lo que aparentan ser. Por ejemplo, se insiste en describir a la protagonista como una mujer etérea, sea lo que sea lo que ello signifique; de la que todo hombre se siente atraído, pero hasta la mitad del libro uno más bien percibe a una mujer entre tonta y frívola, aunque muy buena para los idiomas.
Aprendió fluidamente el vasco porque pasó 6 meses en el pueblo de su empleada, habla perfectamente alemán porque el papá tenía un socio en Berlín y ella se hizo amiga de la hija, habla ruso porque se enamoró del hijo de una rusa que le enseñó esa lengua, habla francés "como el español" porque su abuela era de Biarritz; también habla inglés y hasta italiano que nunca se supo cómo lo aprendió, y por supuesto, también aprendió árabe. ¡Es que esta chica aprendía lenguas como quien aprende la tabla del 1!, y eso muestra cómo la autora soluciona lo que podría ser un problema para la trama: de una forma absurda y baladí.
Así y todo, la trama me parece interesante, al menos, la idea principal, sin embargo, se lleva a cabo de una forma estilísticamente poco imaginativa.
La historia trata de un periodista al que se le ha encargado investigar la historia de su bisabuela a la que nadie en su familia conoció.
Este periodista es el profesional más incompetente que uno se pueda imaginar. Nunca investigó nada, sino que siempre se le dijo qué hacer. Esto es, entrevistar a un montón de ancianos que conocieron a su bisabuela, Amelia Garayoa, o conocieron a un amigo de un conocido que supo de ella. Siempre hay una justificación: ya sea en Madrid, Barcelona, Buenos Aires, Moscú, Londres, Ciudad de México, Roma, etc. Siempre hay un anciano que o es archivero, historiador, biógrafo de alguien que la conoció o testigo de parte de la vida de Amelia. Por lo tanto, este bisnieto que debe descubrir la historia, en realidad, solo se dedica a recopilar y ordenar los recuerdos de otros para escribir la biografía de su pariente.
El problema con esto es que resulta inverosímil. Los testigos son personas entre los 80 y los 100 años con una memoria prodigiosa como se recuerda una y otra vez:
p. 398
"—Sí, cien años, pero no se preocupe, tiene una memoria prodigiosa. Conoció a Trotski, a Diego Rivera, a Frida…"
p. 399
"Con cerca de cien años, conservaba la mirada viva y una memoria extraordinaria."
p. 407
"—No se asuste, Guillermo, no se asuste, es que si cierro los ojos recuerdo mejor y puedo ver a Amelia y a mis amigos. Aitor y José María le dieron a Amelia varios números de teléfono y …"
p. 517
"Don Pablo, que evidentemente poseía una memoria prodigiosa, me contó aquella visita de Amelia."
p. 779
"A mí me asombraba su prodigiosa memoria"
Lo cierto es que uno podría llegar a imaginar a un anciano con buena memoria, pero pedir que uno acepte que tal cantidad de ancianos puedan recordar ya no hechos, sino que detalles de eventos ocurridos hace 70 o más años raya en lo ridículo.
Pero hay más, la inclusión de estos convenientes personajes de memoria prodigiosa no se limita a quienes eran jóvenes adultos en la época y hoy están con un pie al otro lado, sino que también incluye niños que en el presente pasan de los 80 años: Pablo Soler y Víctor Dupont.
Pablo era un niño que por una u otra forzada razón, solía estar siempre en los lugares más disparatados para su edad. Y por supuesto que, en el presente, recuerda al pie de la letra los diálogos que escuchó antes y durante la guerra civil. A este niño le fascinaba permanecer sentado, inmóvil, sin decir palabra, mientras los adultos mantenían conversaciones de contenido político, escuchando con atención, hasta el más mínimo detalle, la información que luego repetiría en su ancianidad. Increíble.
Las características de este conveniente niño-testigo-de-casi-todo son tales, que permiten reproducir diálogos y sucesos con exactitud:
p. 175
"yo las escuchaba atento, porque me fascinaban las conversaciones de los mayores."
"Además, estaba acostumbrado a estar en silencio y sin molestar durante las reuniones que mis padres tenían con sus camaradas."
p. 421
"Era la hora de la comida cuando doña Elena dio por terminada la conversación. Hasta ese momento yo había permanecido muy quieto junto a Edurne, sin atreverme a decir palabra."
p. 441
"Lo que pasó aquella tarde en el despacho de Agapito Gutiérrez Amelia se lo contó a su prima Laura, pero yo que tenía el oído fino y que quería tanto a Amelia no me resistí a escuchar a través de la puerta."
p.741
"Yo me levanté a por un vaso de agua y al pasar por delante de la sala oí que estaban hablando. Entonces era más curioso que ahora, y me quedé a escuchar."
p. 775
"Nos fuimos a la cama, pero yo no tardé en levantarme; estaba convencido de que Amelia y Laura estarían hablando. Y así fue. Estaban en el salón, y más que hablar, susurraban. Me quedé muy quieto en la puerta, escuchando."
Muy provechoso para la trama que un niño tenga una característica tan desacostumbrada como preferir escuchar a los mayores que salir a jugar al patio, pero el recurso resulta abusivo.
Entre estos niños-testigos también se encuentra Víctor Dupont:
Víctor era un niño que fue testigo de muchos encuentros y conversaciones que habría de recordar con absoluta fidelidad 70 años más tarde en sus 80s. Un niño que, al igual que a Pablo Soler, le divertía más escuchar a los mayores que jugar a la pelota, de ese modo tenemos en el presente un anciano que recuerda con meridiana claridad las conversaciones políticas que escuchó de niño a un montón de gente adulta. Conversaciones que, por supuesto, le resultaban fascinantes a esa edad.
p. 379
"Yo escuchaba las conversaciones de mis padres, las que mantenían con otros camaradas como Jean Deuville."
p. 380
"Me quedé detrás de la puerta del salón espiándolas, no porque me importara lo que hablaban, sino porque sentía auténtica fascinación por Carla"
El recurso del niño fisgón que en su ancianidad recuerda todo se usa hasta el final:
Friedrich
p. 1013
"Estaba harto de que me enviaran a mi cuarto cada vez que venía alguien interesante. Además, tenía ganas de decirles que era inútil que me mandaran allí puesto que podía escuchar todo lo que decían. Pero preferí no hacerlo, no fuera a ser que se les ocurriera algo que me impidiera seguir escuchando."
p. 1067
"cerré la puerta, pero dejé entreabierta la de mi habitación. No me resignaba a no poder escuchar lo que tuviera que decir."
Y cuando ya resulta imposible tener un testigo, tenemos frases como esta:
p. 174
"No es difícil imaginar lo que hablaron aquella noche."
Y le sigue una larga conversación que, aunque imaginada y reconstruida, la prefiero a la bobería de poner por todos lados gente que recuerda eventos como si los estuviera leyendo.
En suma, en más de mil páginas, la autora se dedica a contar una historia improbable con personajes poco creíbles de una manera bastante plana y entre un capítulo y otro agrega páginas completamente anecdóticas de la relación de Guillermo, el periodista, con su madre, una mujer infumable que sacaría de sus casillas a cualquiera. Toda esta parte de la historia sobra.
En mi opinión, al escribir esta novela la autora no encontró el recurso necesario para darle credibilidad a los hechos, creo que necesitó de una relectura, de reescribir ciertas partes y, sin lugar a dudas, acortarla, las más de mil páginas resultan excesivas.

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