Sin embargo, su vida transcurre en la penumbra, entre bastidores, ayudando a sus autores como editor, pero también como crítico, gestor, agente… y amigo.
Esta biografía, ganadora del National Book Award, es la primera en explorar la fascinante vida de este genio extraordinario, tanto en el ámbito profesional como en su vida personal, y ha servido de inspiración para la película El editor de libros, protagonizada por Colin Firth, Jude Law y Nicole Kidman.
Tuvo el mérito de defender la publicación de estos autores en una editorial conservadora y muy orientada a las ventas, tal como siempre han sido los grupos editoriales por mucho que hablen de literatura. Eran los años veinte y treinta del siglo XX. No todo el mundo se sentía escritor, así es que los manuscritos no caían en masa sobre las editoriales, y los editores tenían el tiempo y la voluntad de leer los originales que recibían, comentarlos y escribir corteses cartas de rechazo.
Hoy día esos grupos editoriales suelen advertir que no reciben manuscritos, que no tratan con autores, que cualquier asunto ha de conducirse a través de los agentes literarios.
Llama la atención que hace cien años, los editores lidiaban con las mismas roñas que ocupan a algunos el día de hoy: ciertas palabritas que conviene no imprimir porque pueden damnificar a los mostrencos. “Creo que se deben evitar ciertas palabras para que la gente no se distraiga de los atributos del libro y en cambio se ponga a discutir sobre temas impertinentes y extrínsecos”, escribió Perkins a Hemingway y le pidió que modificara doce pasajes para apaciguar los “rebuznos de muchos burros chabacanos, santurrones e imbéciles”. Los insulta, pero se deja vencer por ellos.
El libro cuenta que en las escenas de tauromaquia, los toros hubieron de ser descritos sin sus “embarrassing appendages”. Supongo que se refiere a las criadillas. Hemingway defendió a capa y espada que pudiera emplearse la palabra bitch para referirse a la protagonista. Tal intransigencia sirvió de poco a los lectores en español, pues una traducción dice fulana, y otra, mala mujer.
Asusta ver cómo Perkins programaba novelas que no estaban terminadas aún: “Ya te anuncié en el catálogo de otoño”, y luego se echaba encima del autor para presionarlo; o cuando obtiene el compromiso de Thomas Wolfe para que cada semana le entregue cien páginas corregidas del manuscrito, entre las que hubo de quitar 524 líneas “por obscenidades o términos inapropiados”.
También es de notar que buena parte de los intercambios con sus autores eran más comerciales que literarios. En cierto momento, Max le recomienda a Fitzgerald que termine una de sus novelas con alguna moraleja porque “el gran público ingenuo no va a entender la sátira”. Las famosas concesiones para el lector.
En otra carta, Fitzgerald se muestra preocupado de que El gran Gatsby no le guste a las mujeres “porque no tiene personajes femeninos importantes” o que “no le guste a los críticos porque trata acerca de los ricos”. Con vocación de comerciante, Fitzgerald esperaba vender 75 mil ejemplares. En caso de no lograr el éxito comercial, “voy a renunciar” como novelista e “iré a Hollywood para aprender el negocio del cine”. En Tierna es la noche resolvería el asunto del personaje femenino.
Un inconveniente para vender El gran Gatsby fue que solo tenía 218 páginas. Los lectores preferían más volumen, y los libreros gustaban de libros gordos y caros con los que pudieran ganarse un buen margen. Por eso Hemingway, con textos finos como jamón cortado a mano, tuvo que aprender a meterles un poco más de carne, no de grasa.
También por cuestión de bajo precio, los libros de bolsillo o paperbacks no fueron populares entre los libreros y comenzaron vendiéndose en farmacias y supermercados. Hoy mismo las ediciones económicas son más para quioscos que para librerías. El quiosquero no pide mucho por cada venta.
Hemingway fue siempre quien mejor supo defender sus textos. Cuando le pidieron hacer unos “pequeños cambios” en los vulgarismos que empleaban sus soldados, él respondió que la castración era cirugía menor, pero tenía profundas consecuencias. Además, aprendió que las palabras prohibidas eran permisibles si estaban en español. En For whom the bells toll, escribe: “You hijo de la gran puta”, he said softly, o “That for you, cabrón” y tantas otras sin que su editor tuviera reparos.
Supongo que los editores leen este libro sobre Max Perkins. Algo se aprende. Además se empapa uno de nostalgia por aquellos días en que la relación con una gran editorial era personal. Fitzgerald podía enviarle a su editor un cable desde París. “Me quedé sin lana.” De inmediato el editor veía el modo de enviarle dinero. Hoy, lo dudo...

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